וַיְּבָּרֶךְ אֹתָּם אֱלֹהִׁים לֵאמֹר, פְּרוּ וּרְּבוּ וּמִׁלְּאוּ אֶת-הַמַיִׁם בַיַמִׁים, וְּהָּעוֹף יִׁרֶב בָּאָּרֶץ
Vayevarech otam Elohim lemor, peru urvu umilu et-hamayim bayamim veha'of yirev ba'aretz
“Y los bendijo Dios, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.”
Términos como וַיְּבָּרֶ ךְ (Va-yevárékh), "bendijo", nos llevan a través de la raíz lingüística ברך (B-R-K) y a reflexiones aportadas por la gematría con el número 228, para entender que la bendición es recibir ese flujo de energía divina que se imparte a la creación, asimilando nuestro crecimiento. Es por ello que la expresión פְּ רוּ וּרְּ בוּ (Perú Urvú), "Sean fructíferos y multiplíquense", como mandato divino nos llama a propagar la vida, su Luz, su Palabra.
"Perú" como concepto tiene un valor de 286 y "Urvú" de 208, lo que nos da la idea de expansión como abundancia, lo cual está alineado con la voluntad divina, fuerza que gobierna y ordena lo creado, pero a la vez, es esa justicia y poder que, como acto, bendice y multiplica. Por lo tanto, la expresión יִׁרֶ ב (Yirév), "Multiplicar", nos llama a reforzar la idea de crecimiento y expansión como plan de vida.
Quienes siguen confundiendo bendiciones con la obtención de placeres, sueños y expectativas obvian que este mandato biológico contiene un impulso espiritual que da a todas las criaturas la capacidad de manifestar la vida en su forma más abundante y diversa. Esto implica que recibir esa bendición (ברכה, Berajá) no es para buscar nuestro bienestar particular y egoísta, sino para transferir lo mejor de nuestra esencia y energía espiritual a los demás.
Vida que se activa y potencializa en todas las capacidades innatas de todo lo creado, y que nos llama a ser fructíferos y a multiplicarnos, impartiendo esa chispa divina y cumpliendo con el propósito del Creador. Por ende, cada nueva vida que se crea es una extensión de la Luz del Creador en Su obra, logrando que esa iluminación e integración de los fragmentos generen la unicidad.
Al llenar el mundo con Su Luz, como instrucción que parte de llenar las aguas y la tierra, estamos logrando que esa esencia divina penetre en todas las esferas de la existencia, tanto en los niveles materiales como espirituales. Este proceso de expansión no solo implica un aumento en número, sino también una profundización en la conciencia de la presencia divina en cada rincón de la creación.
Contamos con la capacidad de expandir esas bendiciones que significan vivir y de multiplicar Su Luz, siendo ese rol de expansión un acto de bondad, tanto para nuestras relaciones como para alcanzar una conexión total con lo divino. Esto implica crecer continuamente, expandiendo nuestra comprensión al reconocernos como Sus hijos.
En efecto, desde la Cábala, somos chispas de la Luz Infinita (Or Ein Sof), fragmentos de la Unidad Divina que descendieron a este mundo tras la Shevirat HaKelim (la "rotura de los recipientes") para reunificarse y restaurar la plenitud del Uno. Y por lo tanto, propagar la luz, o más bien revelarla, es nuestra tarea sagrada.
La Cábala enseña que, en la creación, la luz divina fue contenida en recipientes (kelim). Cuando la intensidad de la luz superó la capacidad de esos recipientes, estos se rompieron y la luz se dispersó en forma de chispas (נִׁיצוֹצוֹת , nitsotsot) en todos los niveles de la realidad.
Esto da origen a: El alma humana: Cada alma es una chispa que desciende para elevar el mundo. También a las situaciones de la vida: Cada encuentro, desafío, alegría o dolor, contiene una chispa esperando ser liberada. Y a unas tareas: tikún, corrección o reparación, para reunificar esas chispas con su fuente.
Revelamos esa luz en nuestros entornos, a través de nuestras acciones (mitzvot), en donde cada acción positiva que hacemos —ya sea espiritual o terrenal— libera una chispa. Por ejemplo: Encender velas: Activa luz literal y espiritual. Ayudar a otro: Eleva la chispa de la otra persona, y también la tuya. Decir la verdad, con amor: Corrige el mundo del habla (Olam HaDibur). Comer con conciencia (kavaná): Libera chispas del mundo físico.
Esto se basa en el principio de que todo lo que vemos en nuestra vida fue puesto ante nosotros para elevarlo. La palabra es uno de los canales más poderosos para liberar luz: “La vida y la muerte están en el poder de la lengua”.
En la Cábala, el hebreo sagrado es el lenguaje con el que fue creado el mundo. Usarlo con intención, oración o Torá, abre portales de luz. Se trata de Transformar conciencia ya que cuando cambiamos la forma en que vemos el mundo, cambiamos el mundo. Lo que percibimos como caos es, en verdad, luz oculta. Al responder con paciencia, amor y sabiduría, accedemos a esa luz y la manifestamos.
El secreto de la luz está en lo oculto, y nuestra fuerza está en buscar unidad. Cada vez que elegimos el camino del tikún, acercamos el reinado divino a la tierra. Se trata de amar al prójimo: Ahavat Israel, lo cual reunifica las almas. La separación entre personas es la raíz del exilio espiritual. El amor verdadero cura la división y acerca la redención.
Debemos Rectificar el habla (Tikún HaLashón), Evitar lashón hará (habla negativa). Hablar palabras que construyan, eleven, inspiren. Además revisar nuestra intención (Kavaná), orando tefilá, no solo por uno, sino por el bien de todos ya que ello trae luz al mundo entero si viene del corazón.
Cada letra de la Torá contiene luz espiritual. El estudio profundo activa la luz de las almas dormidas. Ello Transforma momentos ordinarios en sagrados aun cuando estamos comiendo, trabajando, hablando o amando debemos hacer tikún conscientemente.
La unidad (אֶחָּ ד – Ejad, 13) es la meta de toda la creación. Cuando cada chispa regresa a su fuente, cuando cada ser humano cumple su rol como portador de luz, se cumple el propósito de la creación. Que “Dios sea Uno, y Su Nombre Uno” (Zacarías 14:9) Entonces, cuando tú eliges actuar con luz, piénsalo así: En ese momento, tú no solo estás haciendo el bien: estás reparando el universo. Estás trayendo al Mashíaj. Estás restaurando la Unidad del Uno.