וַיַעַש אֱלֹהִׁים אֶת-חַיַת הָּאָּרֶץ לְּמִׁינָּהּ, וְּאֶת-הַבְּהֵמָּה לְּמִׁינָּהּ, וְּאֵת כָּל-רֶמֶש הָּאֲדָּמָּה לְּמִׁינֵהוּ; וַיַרְּא אֱלֹהִׁים, כִׁי-טוֹב
Vaya'as Elohim et-hayat ha'aretz leminah, ve'et-habehemah leminah, ve'et kol-remes ha'adamah leminohu; vayar Elohim ki-tov
“E hizo Dios las bestias de la tierra según su especie, y el ganado según su especie, y todo lo que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.”
Cada palabra y letra del alfabeto hebreo tiene un significado que, al complementarse con su valor numérico, nos revela significados más profundos. Es por ello que cada vez que pronunciamos alguna expresión desde nuestras bocas, estamos reproduciendo esas vibraciones divinas, siendo necesario que, desde esa lógica, cuidemos muy bien nuestro lenguaje por los efectos del mismo. Teniendo en cuenta que "אֱלֹהִׁ ים" (Elohim), por su valor gemátrico de 86, nos habla de juicio y severidad, esto quiere decir que ese poder creativo de Su Palabra, que da forma al mundo, nos llama a cuidarnos de la nuestra.
Nuestras palabras no deben maldecir, ya que nuestra boca fue hecha para bien decir. Somos sus hijos, las únicas criaturas con habla en este mundo. Por lo tanto, si todo es bueno, "כִׁי־טוֹב " (ki tov), estamos llamados a usar nuestro lenguaje para construir y no para destruir, entendiendo que la bondad divina es la que permea toda la creación. El número 25, palabra "חָּ נָּה" (Janá), que significa gracia, nos está reiterando que todo nos fue dado, que se nos otorgó todo gratis, por Su voluntad y deseo. Por ende, Su gracia está imbuida en todo, siendo obligatorio agradecer.
Agradecer, como seres vivos, nos recuerda que cada especie refleja la diversidad y el orden divino en el universo, ya que cada criatura tiene su lugar y propósito en el esquema mayor de la creación. Esta interconexión nos llama a la armonía, la misma que subyace en todo lo creado, animándonos a vivir en equilibrio con todo lo creado.
Cada elemento de la creación tiene una chispa divina y forma parte del plan. Como seres humanos, nuestro rol es sabernos parte de esa chispa que enciende nuestro entendimiento a través de la vibración de nuestras palabras, transformándose en pensamientos que proyectamos como imágenes reales. Sabiéndonos dignos custodios de la creación, debemos replicar Su palabra, Su luz, Sus chispas, Su voluntad.
Nuestro rol en el mundo tiene que ver con aportar en vez de apartarnos, con alinearnos con la bondad y la armonía divina. Para ello, debemos usar nuestro lenguaje de tal forma que nos recreemos en Su palabra en vez de maldecir con ella, logrando así pasar del nivel Néfesh (נֶפֶש), básico, asociado solo a las funciones biológicas y necesidades físicas, nuestra vida instintiva con sus deseos carnales, al nivel Rúaj (רוּחַ ), en donde ya no somos dominados por emociones y vamos fortaleciendo nuestro carácter moral al discernir entre el bien y el mal, mejorando nuestra comunicación con nosotros mismos, con los demás y con el Creador.
Se trata de elevarnos a través de nuestros actos de bondad y justicia, buscando ese nivel Neshamá (נְּשָּ מָּ ה), en donde nuestro intelecto se articula con la conciencia superior, conectándonos con el Creador a través de la oración, la cual nos vincula con nuestros prójimos al comprenderles desde esa misericordia divina que nos lleva a aceptar las cosas que debemos aceptar y a cambiar aquellas en las que Él nos guía para alcanzar nuestra transformación.
Hay quienes preguntan si Dios creó todo bueno, ¿cómo entra el mal, el demonio, la serpiente, y la rebelión de ángeles a llevarnos a pecar convirtiendo algunas acciones humanas en malas?
Sin embargo el mismo relato bíblico nos resuelve todas estas inquietudes demostrándonos por ejemplo que la serpiente en el Edén solo tentó a Eva, y por ello se asocia a esta con Satán (שָּ טָּ ן – "el acusador") figura que representa el concepto del Sitra Ajra (סִׁ טְּ רָּ א אַחֲרָּ א) o el "Otro Lado", o el aspecto de la realidad que oculta la Luz Divina.
Por ello La serpiente representa el deseo de recibir solo para uno mismo, lo opuesto al flujo de la Luz Divina, que es dar y expandir y como fuerza es necesaria en el sistema espiritual, porque sin ocultación, no habría libre elección. Por ello la Cábala no ve al mal como algo ajeno a Dios, sino como parte de su plan, como una ilusión útil para que el alma tenga la oportunidad de elegir y, al hacerlo, elevarse.
Además ello nos confirma que Satán no tiene poder propio. Es como un fiscal en un tribunal: solo puede actuar si hay un permiso Divino. El Zóhar dice que el Satán es "un ángel del Eterno", creado para poner a prueba al hombre y representa el aspecto de din (juicio), en contraposición a jesed (misericordia).
Con todo y ello para la guematría, "השטן" (HaSatan) = 364, dicho ser solo tiene poder de ejercer esa labor 364 días del año: el día 365 (Yom Kipur), no tiene esa posibilidad. Esto muestra que su poder es limitado y está bajo control del Creador.
Según la mayoría de las fuentes judías, los malajim (ángeles) no tienen libre albedrío. Son emisarios, fuerzas programadas para cumplir tareas específicas. Entonces, ¿qué pasó con los ángeles que “cayeron” (como los Nefilim o los Benei Elohim en Génesis 6)? Estos "ángeles caídos" representan fuerzas que descendieron para interactuar con la materia, y se “ensuciaron” con el deseo de recibir.
No fue una rebelión libre, sino una parte del proceso de inmersión de la Luz en la oscuridad para que luego sea extraída por el hombre (la famosa idea de elevar las chispas caídas – nitzotzot). El Zóhar sugiere que algunos ángeles fueron enviados con permiso para descender, y fallaron su misión por el poder de atracción del mundo físico.
En Bereshit (Génesis), es reiterativo en recordarnos que: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (טוֹב מְּ אֹד). Por ello los sabios dicen: "טוב" = inclinación al bien, "מאד " (meod) = alude al Yetzer Hará (inclinación al mal). Es decir, incluso el mal, cuando se corrige o canaliza, es parte del bien supremo.
En la guematría: "מאד " (Meod) = 45, "אדם" (Adam, hombre) = también 45. El hombre puede transformar lo "muy malo" en lo "muy bueno". ¡Esa es su misión! Por ello, El mal, la serpiente, y el Satán son fuerzas creadas por Dios como parte del sistema de libre elección.
Los ángeles que caen no lo hacen por libre albedrío como el humano, sino como parte de un juego más profundo en el drama de la creación. La Cábala enseña que todo viene del Uno, incluso la oscuridad, para que el hombre tenga el privilegio de traer la luz.