וַיְּהִׁי-עֶרֶב וַיְּהִׁי-בֹקֶר, יוֹם שְּלִׁישִׁי
Vayehi-erev vayehi-boker, yom shelishi
“Y fue la tarde y fue la mañana: el tercer día.”
Todo es una narración
וַיְּהִׁי-עֶרֶב וַיְּהִׁי-בֹקֶר, יוֹם שְּלִׁישִׁי
Vayehi-erev vayehi-boker, yom shelishi
“Y fue la tarde y fue la mañana: el tercer día.”
El número tres nos lleva a la Sefirá de Tiferet, que representa la belleza, la armonía y el equilibrio. Esta manifestación divina equilibra las energías de Chesed (misericordia) y Gevurá (fuerza), enseñándonos así la importancia de propiciar en nuestras vivencias ese estado de armonía que, visionada desde lo divino, es perfecta.
Es por ello que el tercer día nos propone la estabilización de la creación con la aparición de la vegetación y los árboles frutales, dando al mundo físico ese orden espiritual, completándose así un ciclo dentro de la narrativa bíblica. Tengamos en cuenta que la tarde, como período de ocultación, nos llama a la introspección y a la vez a la preparación, mientras que la mañana simboliza el escenario de revelación, claridad y acción.
Pasar del ciclo de oscuridad al de la luz es parte de nuestro proceso natural y permanente, y esa transformación refleja nuestro crecimiento integral. Para ello es necesario que pasemos por momentos de introspección, donde nos reencontramos con nosotros mismos y con el Creador a través de la oración, y así, gracias a ella, vamos encontrando la iluminación inicialmente de nuestro entendimiento, de nuestra conciencia, de nuestras vivencias, en este mundo en el que toda acción debe pasar de nuestra ejecución inconsciente a la voluntad consciente de realizarla.
El número tres en gematría está asociado con el valor de la letra ג (gimel), que simboliza la plenitud y la estabilidad en la creación. Este número también representa la firmeza y la confirmación de algo, como un testigo fiel o un pacto sólido. Es por ello que "Yom Shelishi" (Tercer Día) nos reitera que se completó un ciclo fundamental de la creación.
El tercer día, en el que la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— se manifestó plenamente en esta tierra luego de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo y su descenso al inframundo de la muerte, es un mensaje que denota esa consolidación, donde lo que ha sido creado previamente comienza a manifestarse plenamente. Para los creyentes, representa el momento en el que nuestras intenciones y esfuerzos empiezan a dar frutos visibles, consolidando nuestro crecimiento espiritual y material.
La asociación del tercer día con Tiferet nos invita a buscar equilibrio y armonía en nuestras vidas, alineando nuestros deseos, pensamientos, emociones, interacciones e interrelaciones con esa intención divina de la unidad. Esto nos lleva a buscar en nuestros valores más profundos nuestra verdadera búsqueda, alejándonos así de todas las expectativas y alucinaciones egoístas y mercantiles que no nos permiten entender el balance universal entre la misericordia y la justicia, entre lo espiritual y lo material.
Nuestro ciclo de oscuridad ha llegado a su fin con la luz reveladora del amor de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, estamos llamados a hacer esa transición consciente de nuestra tarde, en la que seguimos dormidos, a la mañana, en la cual despertamos a Su lado gracias a esa fe que además se debe reflejar en nuestro crecimiento personal, el mismo que supera los desafíos y la incertidumbre mundana para alcanzar esa claridad que significa nuestro propósito divino.
Todo lo vivido en este ciclo de vida es necesario para nuestro desarrollo. De allí la importancia de nuestra perseverancia y paciencia, las cuales siembran la confianza para que Su luz comience a crecer y a darnos forma dentro de un proceso que necesita del tiempo terrenal para que nuestras intenciones fraternales y serviciales produzcan resultados tangibles. Estamos viviendo un tercer día de expansión y crecimiento, en el cual la bondad del Creador se despliega en el mundo físico.
En la tradición cabalística, el tiempo no es solo una sucesión lineal de momentos, sino una serie de oportunidades divinas para el perfeccionamiento del ser humano. El paso de la mañana a la tarde y la noche puede entenderse como una representación de diferentes fases del proceso de vida y desarrollo espiritual.
La Mañana: Representa el inicio, la creación y la luz de la conciencia. En la Cábala, la mañana está asociada con el despertar del alma a la divinidad, el comienzo de un ciclo de crecimiento, conocimiento y conciencia espiritual. Es un tiempo de claridad y de recibir las bendiciones iniciales, el "or" o luz divina. Este es el momento en que las energías creadoras, como el sol naciente, se manifiestan y otorgan una oportunidad para nuevas posibilidades. En términos de Gematría, la mañana puede simbolizar las letras y combinaciones que tienen que ver con la "Yud" (la chispa de la creación) o las letras iniciales de palabras que simbolizan el inicio del proceso espiritual.
La Tarde: Representa el proceso de manifestación y la acción. Es un momento en el que la luz de la mañana (la energía inicial) comienza a materializarse en la realidad, pero también es el tiempo en el que las sombras empiezan a aparecer, lo que simboliza los desafíos, las pruebas y las dificultades. En la Cábala, la tarde es un tiempo de balance entre la luz y la oscuridad, un periodo de maduración y de integración. Las almas deben trabajar para no dejarse llevar por las dificultades, sino verlas como oportunidades para el crecimiento espiritual. La "Shekhinah", la presencia divina que habita en el mundo, es un concepto que también se asocia con la tarde, ya que es el tiempo en el que la divinidad comienza a descender y a acercarse a la humanidad.
La Noche: Es el momento del descanso, la introspección y la transformación. En la noche, el alma tiene la oportunidad de reflexionar sobre el día, de integrar lo aprendido y de conectarse con el misterio y la quietud. En la Cábala, la noche representa el estado de "Tzimtzum", el retiro de la luz divina para que la creación pueda existir en un espacio vacío. La noche es el tiempo en el que la oscuridad puede parecer prevalecer, pero es precisamente en esta oscuridad que las semillas de la luz del día siguiente se están gestando. También es un tiempo de purificación, cuando el alma puede procesar y transformar las energías negativas acumuladas durante el día.
El paso del tiempo, representado por la transición entre mañana, tarde y noche, refleja el proceso de crecimiento integral del ser humano. Desde la energía pura y creativa (mañana), pasando por la acción y los desafíos de la manifestación (tarde), hasta la reflexión y la transformación en la quietud (noche), cada fase tiene un propósito y una lección. En cada momento del día se nos otorgan oportunidades para aprender, crecer y transformarnos.
La Cábala enseña que tanto la luz como la oscuridad son necesarias para el proceso de perfeccionamiento. La mañana representa la luz de la sabiduría divina, mientras que la tarde y la noche nos enseñan la importancia de la sombra, de los desafíos y las pruebas. El ciclo del día nos enseña que ambos aspectos son parte de nuestra experiencia humana y que debemos aprender a abrazar ambos para alcanzar un equilibrio interior.
El concepto cabalístico de "tikún" (corrección) nos enseña que el tiempo es una herramienta para nuestra corrección espiritual. Cada día es una oportunidad para corregir nuestras acciones, pensamientos y emociones, y así acercarnos a la divinidad. El ciclo del día nos recuerda que nuestro tiempo en la tierra no es eterno, por lo que cada momento es valioso para nuestro crecimiento.
La noche, en su aparente oscuridad, no es solo un tiempo de descanso físico, sino un espacio de transformación espiritual. El descanso en la noche permite que el alma se renueve y prepare para un nuevo ciclo al amanecer, simbolizando la constante oportunidad de reiniciar, aprender y evolucionar.
El ciclo del día (mañana, tarde y noche) en la Cábala y la Gematría es un reflejo de los ciclos internos de crecimiento y transformación espiritual. Nos invita a usar cada momento de la vida — cada instante de tiempo — como una oportunidad para elevarnos y conectarnos con lo divino, abrazando tanto la luz como la oscuridad que componen nuestra experiencia.