וַיֹאמֶר אֱלֹהִׁים, נַעֲשֶה אָּדָּם בְּצַלְּמֵנוּ כִׁדְּמוּתֵנוּ; וְּיִׁרְּדוּ בִׁדְּגַת הַיָּם וּבְּעוֹף הַשָּמַיִׁם וּבַבְּהֵמָּה, וּבְּכָּל-הָּאָּרֶץ, וּבְּכָּל-הָּרֶמֶש, הָּרֹמֵש עַל-הָּאָּרֶץ
Vayomer Elohim, na'aseh adam betsalmenu kidmutenu; veyirdu bidgat hayam uve'of hashamayim uvebehemah, uvechol-ha'aretz, uvechol- haremes haromes al-ha'aretz
“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.”
Desde la perspectiva cabalística, el ser a su imagen no significa que el Creador tenga una forma humana, sino que el ser humano posee cualidades divinas en potencia. La imagen y la semejanza se refieren a aspectos del alma, del ser interior.
Según la Cábala, Tzelem (imagen) es una estructura espiritual que conecta al alma humana con los mundos superiores. En particular, se relaciona con las sefirot, que son las 10 emanaciones por las cuales Dios crea y sostiene el universo.
El ser humano, en su forma espiritual, refleja estas sefirot. Por ejemplo, cuando usamos sabiduría (Jojmá), entendimiento (Biná), o misericordia (Jesed), estamos activando esas cualidades divinas dentro de nosotros. La semejanza implica un potencial de desarrollo. El ser humano no es automáticamente semejante a Dios, sino que tiene la capacidad de llegar a serlo a través de sus acciones, su crecimiento espiritual, y su conexión consciente con lo divino.
Ello quiere decir que: "A imagen" es lo que somos en esencia. "A semejanza" es lo que podemos llegar a ser. Ser a semejanza nos llama a Imitar las cualidades divinas, a Ser compasivos, justos, generosos, pacientes, como las sefirot que representan esos aspectos de Dios.
Debemos trabajar por ese Tikun Olam: por Reparar el mundo, elevar la creación mediante nuestras acciones conscientes. Por la Unificación: Buscar la unidad en la diversidad, reconocer la chispa divina en todo.
El ser humano es un microcosmos del universo, y su alma está conectada con las fuerzas más elevadas del cosmos. Ser a imagen y semejanza de Dios es un llamado a vivir con propósito espiritual, reflejando la luz divina en el mundo material.
Somos a Su imagen, conforme a Su semejanza, llamados a señorear la tierra. Como hijos, "בְּ צַלְּ מֵ נוּ כִׁדְּ מוּתֵ נוּ" (B'tzalmeinu Kidmuteinu), el concepto de "Tzelem" (imagen) nos recuerda que tenemos una forma espiritual, mientras que "Demut" (semejanza) nos habla de una forma física, de modo que esta dualidad nos llama a equilibrar lo humano frente a lo divino.
Desde que fuimos creados "נַעֲשֶ ה אָּדָּ ם" (Na'aseh Adam), a través de Adam "אדם " como primogénito, se nos reitera que estamos llenos de inquietudes, lo cual se deduce del valor gemátrico de esta expresión: 45, que es el mismo valor que la palabra "מה" (Mah), que significa "¿Qué?". Esa naturaleza inquisitiva se confronta permanentemente con la espiritualidad y la verdad revelada, por lo que buscamos respuestas y el significado de nuestras vidas.
El número 26 del versículo nos lleva al Tetragrámaton (יהוה, YHWH), el nombre más sagrado del Creador, un número perfecto que sugiere que la creación del ser humano está íntimamente ligada a esa esencia divina, por lo que nuestra identidad debe cumplir con ese propósito celestial desde ahora en la tierra.
Ser creados "a imagen y semejanza" implica una responsabilidad inmensa, y debemos esforzarnos por reflejar esas cualidades divinas en nuestra vida cotidiana. Esta es una razón de peso para asumir que estamos aquí para perfeccionar el mundo (Tikkun Olam) a través de nuestras acciones, usando tanto nuestra naturaleza espiritual como física para hacer el bien.
El valor gemátrico del número 26, correspondiente al nombre sagrado de nuestro Creador, nos recuerda también que cada uno de nosotros lleva dentro de sí una chispa de lo divino, un potencial para la santidad y la elevación espiritual. Nuestra tarea es cultivar esa chispa, reconociendo en nuestra capacidad de verbalizar esa posibilidad de crear, amar y liderar de manera que refleje correctamente la imagen divina en la cual fuimos formados.
Nuestra dignidad es mayor que la de ser simplemente humanos, ya que somos sus hijos, aunque nos hemos perdido fruto del pecado, el cual nos permite evaluar nuestra libertad, incluso llevándola a la dimensión del libertinaje. Como seres humanos, el llamado es a alcanzar esos estándares éticos y espirituales, contribuyendo al bienestar del mundo y a nuestro propio crecimiento personal y espiritual.
El nivel Jayá (חַ יָּ ה) nos llama a comprender lo trascendental y la conexión con el todo, haciéndonos conscientes de todas las inconciencias que nos sofocan y que claman para que alcancemos ese estado de iluminación espiritual donde el alma puede percibir la vida desde una perspectiva más elevada.
Llegar al nivel Yejidá (יְּחִׁ ידָּ ה), el más elevado, que representa la unidad total con el Creador, es ser guiados por esa chispa divina que existe en cada persona y que está completamente unida a Su esencia. Este hilo, que aquí y ahora nos permite comprender ese nivel que está más allá de la individualidad, es la parte del alma que nos hace reconocernos como eternos: Sus hijos.
Es por ello que la idea de "señorear" lo creado, desde una perspectiva cabalística, nos llama a cumplir una misión de vida: "רְּ דוּ" (Redu) – “señoread”, "כבשוה" (Kivshuhá) – “sojuzgadla” o “dominadla”, a través del lente de la guematría (el valor numérico de las palabras hebreas) nos dice que, "רדו" (Redu)? ר =200 ,ד =4 ,ו =6, Total = 210, es el mismo valor que la palabra "יהר" (Ye'or), que significa Nilo, el gran río de Egipto. Y 210 también es la cantidad de años que, según la tradición judía, el pueblo de Israel estuvo esclavizado en Egipto.
En la Cábala, nada es casual. El hecho de que “señorear” (Redu) tenga el mismo valor que “esclavitud en Egipto” (210 años) implica una paradoja: Si el ser humano no gobierna su entorno con conciencia espiritual, corre el riesgo de convertirse él mismo en esclavo del mundo material.El dominio sin sabiduría se convierte en opresión. El dominio con conciencia es liberación y armonía.
Para la Cábala, "señorear" (Redu) no significa dominar en el sentido de explotar, sino en el sentido de: Corregir y elevar la creación – Tikun HaOlam. El hombre está llamado a participar en la rectificación del mundo, revelando la divinidad oculta en la materia. Esto se hace al usar lo material para fines espirituales.
Ser rey de la creación, como enseña el Zohar, no es un privilegio, sino una misión: actuar como intermediario entre los mundos superiores y la realidad inferior. Antes de gobernar el mundo externo, el hombre debe aprender a gobernarse a sí mismo: dominar su impulso negativo (Yetzer Hará) con la guía del alma divina (Neshama). Como dicen los sabios: “¿Quién es fuerte? El que domina su inclinación.”
Las letras de "Redu" (רדו) También puedes verlas como siglas simbólicas: ר – representa Ratzon (voluntad), ד – representa Dibbur (palabra), ו – representa Vav, que une, el canal que conecta lo alto con lo bajo, así, "Redu" nos recuerda que el verdadero liderazgo viene del alineamiento entre voluntad, palabra y acción, conectadas con lo divino.
Se trata de Ser "señores" de la creación, lo implica: No poseerla, sino servirla conscientemente, Elevarla con nuestras acciones, Actuar como puentes entre el cielo y la tierra y Ser reyes responsables, no tiranos.