וַיִׁקְּרָּא אֱלֹהִׁים לַיַבָּשָּה אֶרֶץ, וּלְּמִׁקְּוֵה הַמַיִׁם קָּרָּא יַמִׁים; וַיַרְּא אֱלֹהִׁים כִׁי-טוֹב
Vayikra Elohim layabashah eretz, ulemiqveh hamayim kara yamim; vayar Elohim ki-tov
“Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.”
"Eretz" (אֶרֶ ץ) es más que la tierra física; simboliza el lugar donde la voluntad divina se manifiesta en el mundo material, por lo que este concepto está asociado con la receptividad y el potencial de crecimiento. Nuestro planeta es un receptáculo de la vida, destinado a ser cultivado y trabajado para poder ir revelando su potencial inherente.
Igualmente, el concepto de "Yamim" (Mares) (יַמִׁ ים), que simboliza la fuerza de la Palabra y la sabiduría que nosotros visionamos como conocimiento, nos lleva a comprender que todo fluye gracias a Él y que, por ende, todo nos vincula, tal y como sucede con las aguas, las cuales representan igualmente nuestra capacidad de adaptarnos y movernos.
No perdamos de vista que, aunque nuestros movimientos son lentos y nuestro mundo es finito y limitado, como lo es nuestro lenguaje, todo lo que percibimos como oculto o misterioso nos está recordando que, así como las aguas cubren y ocultan lo que hay debajo de ellas, estamos llamados a sumergirnos en Él para que, al profundizar en nuestra esencia, puedan revelársenos mejor nuestros propósitos existenciales.
"Eretz" tiene un valor gemátrico de 291 (א =1 ,ר =200 ,צ =90), lo que debe interpretarse como una combinación de fuerzas que sugieren la conexión entre el mundo espiritual y el mundo físico, siendo nuestro planeta el lugar donde el conocimiento del Creador debe materializarse, gracias al reflejo de todo un proceso de canalización en el que esa energía divina se nos manifiesta en este plano terrenal.
"Yamim" tiene un valor gemátrico de 100 (י =10 ,מ =40 ,י =10 ,מ =40), número que representa la perfección de un ciclo completo. Por ello, los mares simbolizan la totalidad y el equilibrio entre las diferentes fuerzas de la naturaleza, así como la perfección inherente en la creación divina. Es necesario que no perdamos de vista que somos nosotros quienes estamos llamados a encontrar en nuestro ser interior ese equilibrio entre lo oculto, que simbolizan los mares, y lo revelado, la tierra.
Al equilibrar nuestros conocimientos terrenales finitos y limitados con la sabiduría divina infinita e ilimitada, vamos adquiriendo el entendimiento para reconocernos como sus hijos, potencial que, si desconocemos, no nos permite ese crecimiento y transformación. Tal como sembramos y cosechamos en nuestra tierra, en ese mundo nuestras decisiones deben estar dirigidas a cultivar y desarrollar nuestro potencial espiritual.
Todo es bueno porque fue creado por Él; sin embargo, para poder reconocer y valorar Su bondad, debemos conocer lo que significa estar alejados de Él y ser guiados por nuestros libertinajes. Un primer gran paso dentro de ese reconocimiento espiritual es nuestra propia gratitud y alabanza hacia Él, manteniendo siempre la confianza de que es Él quien guía nuestras vidas.
Equilibrar ese potencial de crecimiento y la receptividad con Su luz nos llama a fluir armónicamente con nuestros conocimientos, emociones, expresiones, relaciones y acciones, dejándonos guiar por Su Espíritu Santo para que lo espiritual y lo material se integren armoniosamente, permitiéndonos manifestar plenamente la voluntad divina en nuestro día a día.
En la Cábala, cada elemento de la creación tiene un significado profundo relacionado con los procesos espirituales y la construcción del alma humana. Este versículo en particular habla de la separación de las aguas, un proceso que puede simbolizar una división entre las fuerzas materiales (las aguas) y las espirituales (la tierra seca).
Las aguas representan la inmortalidad, el flujo continuo de la vida, pero también la confusión y el caos. En la Cábala, el agua también está asociada con el Sephirá de Chesed (misericordia), que es la expansión infinita del amor divino. Sin embargo, las aguas sin límite o dirección pueden causar desorden. La separación de las aguas simboliza la necesidad de dar orden y estructura al amor y la misericordia. Esta es una lección para nuestra vida espiritual: ordenar y dirigir nuestras emociones y pasiones hacia un propósito divino.
La tierra seca representa la realidad material, el lugar donde se pueden realizar acciones concretas. En la Cábala, esta es la base para la acción humana, un lugar donde las energías espirituales (representadas por las aguas) deben manifestarse y tomar forma. La tierra seca es donde se puede construir una relación activa con lo divino, a través de actos de bondad, disciplina y enfoque.
La palabra Expansión (Rakia) o "firmamento" simboliza el límite entre el cielo y la tierra, y en la Cábala es vista como un principio que mantiene el equilibrio entre los mundos materiales y espirituales. Representa la idea de que el hombre debe aprender a crear un espacio dentro de sí mismo para que lo divino se revele, mientras mantiene un sentido de conexión con la tierra y la realidad cotidiana.
"Y llamó" (וַיִׁקְּ רָּ א , Vayikra): El valor numérico de la palabra "Vayikra" es 303, que está relacionado con la palabra "Cielo" (שָּ מַ יִׁם, Shamayim), que tiene un valor de 395, sugiriendo una conexión entre el llamado divino y la apertura de un nuevo orden cósmico. Esto implica que el orden divino da forma al caos, y es a través de la conexión espiritual que el ser humano puede ascender a un nuevo nivel de comprensión.
"Tierra Seca" (יַבַשָּ ה, Yabashá): El valor numérico de esta palabra es 322. Esta cifra también puede estar relacionada con la palabra "Luz" (אוֹר, Or), que tiene un valor de 207, sugiriendo que la luz (sabiduría) puede manifestarse en la tierra seca, en el mundo material. Esto indica que el crecimiento espiritual puede lograrse en la acción concreta y práctica en la vida diaria, con la luz de la sabiduría guiando nuestras decisiones.
El versículo nos enseña sobre el proceso de ordenar el caos y realizar nuestra conexión con lo divino en el mundo material, el transformar lo caótico a lo ordenado, por ello la creación comienza con un proceso de separación, que en la vida espiritual se refleja en la disciplina y el orden que debemos aplicar a nuestras emociones y pensamientos. El caos (las aguas) debe ser canalizado hacia algo productivo y estructurado (la tierra seca).
Luego se nos llama a lograr un equilibrio entre el mundo material y espiritual, (el agua) y el mundo material (la tierra). En nuestras vidas, esto implica un constante trabajo de integración de lo divino en lo cotidiano.
No debemos desconectarnos del mundo físico, sino aprender a traer la luz y la sabiduría espiritual en todas nuestras acciones.
Como el firmamento crea una separación entre las aguas y la tierra, nosotros también necesitamos crear un espacio interno dentro de nosotros mismos donde lo divino pueda manifestarse, manteniendo un equilibrio entre nuestras aspiraciones espirituales y nuestra vida material.
El versículo nos invita a reflexionar sobre cómo podemos encontrar el equilibrio entre el caos y el orden, lo material y lo espiritual. A través de la Cábala y la Gematría, podemos entender que el crecimiento espiritual integral no solo implica la contemplación o la meditación, sino también la acción consciente en el mundo material, guiados por una sabiduría más alta que organiza y da dirección a nuestras vidas.
Este proceso de separar las aguas, establecer la tierra seca y crear el firmamento como metáfora poderosa nos habla del trabajo espiritual que debemos hacer en nosotros mismos para crear un equilibrio entre nuestras dimensiones materiales y espirituales.
Quizá por ello el agua tiene un simbolismo muy importante, asociado principalmente con las emociones, el caos, la inmortalidad y el flujo de la vida. Pero el hecho de que el agua del mar sea salada tiene un significado aún más profundo.
El mar salado desde la Cábala nos habla de purificación, de preservación pero también la amargura. En la Torá, la sal aparece en varios contextos, como en la sal de la alianza (en Éxodo 30:35), un símbolo de purificación y compromiso eterno. La sal también se asocia con la destrucción (como en la historia de la destrucción de Sodoma y Gomorra, donde la esposa de Lot se convierte en estatua de sal) y la limitación.
Las aguas saladas pueden simbolizar las emociones que son purificadas por el sufrimiento, la prueba o el dolor. En la vida espiritual, las dificultades o las pruebas (como las aguas saladas) pueden tener un propósito purificador, ya que nos enseñan a discernir, purificar y fortalecer nuestras emociones.
Las aguas saladas representan también la abundancia pero también la contención. El mar, que parece infinito, está delimitado por las costas, lo que podría sugerir que, aunque las emociones y las fuerzas cósmicas fluyen incesantemente (el agua), siempre necesitan estar contenidas dentro de un marco o estructura. Este simbolismo también refleja la capacidad humana de permitir que las emociones fluyan, pero dentro de los límites de la conciencia y la sabiduría.
El Leviatán por su parte como criatura mítica mencionada en las escrituras, tiene implicaciones místicas tanto en la Cábala como en la Gematría. El Leviatán es descrito en el Tanaj (específicamente en el Libro de Job 41:1-34) como una serpiente o monstruo marino que habita en las profundidades del mar.
En la Cábala, el Leviatán puede ser interpretado como un símbolo de desorden y fuerzas primordiales que habitan en el mundo espiritual y material. El Leviatán vive en las aguas saladas, que, como vimos, son un símbolo del caos emocional y espiritual. Esto implica que dentro del caos cósmico y de las fuerzas ocultas de la creación, existe una energía potencial que puede ser destructiva, pero también transformadora, si se sabe dirigir correctamente.
Algunos cabalistas interpretan al Leviatán como un símbolo del ego o de las fuerzas destructivas que surgen de una conciencia no iluminada. En este sentido, el Leviatán representa el deseo desmesurado, la ira o el miedo que acecha en el interior de la persona, y que puede arrastrarla hacia el caos si no es controlado.
Así como el Leviatán vive en las profundidades del mar, estas emociones y fuerzas oscuras residen en lo más profundo del ser humano. Sin embargo, el Leviatán también tiene el potencial de ser dominado y transformado, simbolizando la capacidad del ser humano para integrar sus aspectos más oscuros y caóticos y darles una dirección constructiva.
En algunas interpretaciones más profundas, el Leviatán es visto como la polaridad en el mundo, que debe ser equilibrada con su contraparte femenina: el Behemot (una bestia terrestre). Juntos, el Leviatán y el Behemot representan los opuestos cósmicos que deben ser reconciliados para que la creación y la humanidad alcancen un equilibrio perfecto. El Leviatán está asociado con el agua, que es fluida, adaptable y espiritual, mientras que el Behemot está asociado con la tierra, que es sólida, material y estable. La reconciliación de estos opuestos (lo espiritual y lo material, lo masculino y lo femenino) es un proceso central en la búsqueda espiritual y el trabajo de la Cábala.
En la Gematría, el nombre Leviatán (לִׁ וְּיָּתוֹן ) tiene un valor numérico específico que nos ofrece más perspectivas. El valor numérico de Leviatán es 578, lo que se relaciona con el concepto de "Mesías" o la redención final. El número 578 está vinculado con la palabra "Boreh" (בוֹרֵ א), que significa "Creador", reflejando la idea de que, a pesar de su naturaleza caótica, el Leviatán forma parte del plan divino y tiene un propósito en el orden cósmico y en la redención. Así, el Leviatán no es simplemente una fuerza destructiva, sino que representa un aspecto primordial de la creación que, en su transformación, lleva al equilibrio y a la iluminación.
Desde la perspectiva de la Cábala y la Gematría, la existencia de las aguas saladas y el Leviatán en ellas nos invita a reflexionar sobre el manejo de nuestras emociones caóticas y las fuerzas internas que acechan en lo profundo de nuestro ser. Estas aguas no solo representan los aspectos difíciles de la vida, como el dolor, el sufrimiento o la confusión, sino también la potencialidad para la transformación.
El hecho de que el Leviatán viva en las aguas saladas sugiere que, al igual que el agua salada purifica y preserva, también nuestras experiencias dolorosas y difíciles tienen el poder de purificarnos y transformarnos, si aprendemos a manejarlas espiritualmente.
El Leviatán puede verse como la manifestación de las fuerzas caóticas dentro de nosotros, como nuestras pasiones incontroladas, el ego y el miedo. El trabajo espiritual en la Cábala es, en parte, aprender a dominar y transformar estas fuerzas, dándoles un propósito positivo y redentor.
Al igual que el Leviatán y el Behemot representan fuerzas opuestas, el trabajo espiritual implica integrar los aspectos materiales y espirituales de nuestra vida en un todo armonioso. Es un proceso de reconciliar las polaridades internas y externas, equilibrando nuestras emociones caóticas con nuestra capacidad para vivir conscientemente.
Las aguas saladas y el Leviatán tienen una función purificadora y transformadora en la Cábala. Nos enseñan que, aunque las fuerzas caóticas o destructivas pueden parecer abrumadoras, tienen un propósito en el orden divino y, cuando se comprenden y se integran adecuadamente, pueden conducirnos hacia la redención y el equilibrio espiritual.