GÉNESIS · I · 14

Génesis 1:14

Todo es una narración

I · 14

וַיֹאמֶר אֱלֹהִׁים, יְּהִׁי מְּאֹרוֹת בִׁרְּקִׁיעַ הַשָּמַיִׁם, לְּהַבְּדִׁיל, בֵין הַיוֹם וּבֵין הַלָּיְּלָּה; וְּהָּיוּ לְּאֹתוֹת וּלְּמוֹעֲדִׁים, וּלְּיָּמִׁים וְּשָּנִׁים

Vayomer Elohim yehi me'orot birkia hashamayim le'havdil bein hayom uvein halailah; vehayu le'otot ulemoadim uleyamim veshanim

“Y dijo Dios: Haya lumbreras en el firmamento de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años.”

Reflexión

El concepto de "me'orot" (lumbreras) representa una luz que, más allá de lo físico como nuestro sol, refleja cual espejo la Luz del Creador como única fuente. Entender esto implica ver en dicha energía la sabiduría divina, la cual desciende para revelar la verdad y darle a nuestro entendimiento claridad, guiando así conscientemente nuestras vidas.

Vislumbrar esas lumbreras solo como cuerpos celestes es una interpretación limitada, ya que ellas manifiestan la presencia divina que orienta nuestro camino. Quizá por ello, quienes recurren a la astrología para visionar su futuro olvidan que estamos destinados a acercarnos a Él, y todo lo demás son simplemente excusas e incluso distracciones en ese propósito.

La luz del día y la separación que hacemos con la oscuridad de la noche nos llaman a discernir entre lo bueno de acercarnos a Él y lo malo de alejarnos. Debemos emplear todas nuestras capacidades para distinguir entre los diferentes estados de nuestra existencia.

El día representa la luz, la revelación y la acción, mientras que la noche representa la ocultación, el descanso y la introspección. Esto significa que intentar separar estos aspectos revela nuestra necesidad intrínseca de salir de la oscuridad de nuestras mentes para encontrar el equilibrio en nuestras vidas, llevándonos de la acción continua a la reflexión permanente.

"Me'orot" (מְּ אֹרוֹת) tiene un valor gemátrico de 247 (מ =40 ,א =1 ,ר =200, ו =6 ,ת =400), lo cual se asocia con la idea de multiplicidad y diversidad en la creación, representadas por las lumbreras. En ellas podemos encontrar diferentes aspectos de la luz divina y de la nuestra, como reflejos que estas hacen de todo lo que existe. Esto significa que todo lo que se manifiesta en el mundo físico está reflejado en ellas, recordándonos la sabiduría divina y que nuestros conocimientos emanan de esa fuente.

El número 247 puede descomponerse en 2+4+7=13, lo cual nos lleva a la palabra "Ejad" (uno, אחד), denotando la unicidad del Creador. Esto no significa que Él no pueda manifestarse de diferentes formas, sino que es un todo, tal como nosotros al hablar de cuerpo, alma y mente; Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Esta diversidad con su luminosidad nos presenta no solo señales desde el firmamento que nos hablan de Él y sus mensajes, sino que también nos ratifican el no confundirnos en sus manifestaciones y menos en sus nombres, ya que Él es una fuente única que gobierna todo lo creado.

Al reflexionar sobre la importancia de buscar claridad y discernimiento en nuestras vidas, así como las lumbreras separan el día de la noche, nosotros también debemos aprender a discernir entre lo que nos aporta luz y lo que nos sumerge en la oscuridad. Debemos orientar nuestras decisiones hacia lo que nos permite crecer espiritualmente. Aspectos exteriores tan importantes para nosotros como las estaciones, el tiempo, los días, los meses y los años nos recuerdan la importancia de los ciclos en nuestras vidas.

Cada etapa de la vida tiene su propósito y valor, y es esencial reconocer estos ciclos para vivir en armonía con la naturaleza y con nosotros mismos. Este reconocimiento también nos ayuda a estar en sintonía con los tiempos sagrados y los momentos de introspección y acción. No debemos perder de vista que, a pesar de las múltiples formas en que la luz divina se manifiesta en el mundo, todo proviene de esa única fuente divina, que, en su diversidad, nos enseña a fomentar la armonía y la comprensión entre diferentes personas y situaciones.

Tengamos en cuenta que para la Kabalá, la Luz del Creador (llamada Or Ein Sof אֹור אֵ ין סוֹף ) representa la emanación pura, infinita e ilimitada de Dios (Ein Sof). Esta luz no es una luz física, sino una metáfora para la energía divina, la sabiduría, el amor, la plenitud, y el propósito original del universo.

Luz que es la fuente de toda vida y conciencia, siendo infinita e indivisible. אור (Or) = Luz = Alef (1) + Vav (6) + Resh (200) = 207, numero que es también el valor de "Ein Raz" (אין רז): "no hay secreto", lo que sugiere que la luz revela los secretos del universo.

Ein Sof (אין סוף ) = "Sin Fin", o el Infinito, es la fuente última de la luz. Reconfirmando este concepto esa unidad sin límites, lo cual no puede ser entendido desde nuestra mente racional producto de nuestro lenguaje finito y limitad.

La Luz del Creador se convierte en energía a través de un proceso de emanación y restricción, que se describe en el sistema de los sefirot. Tzimtzum (צמצום ) – Dios se "contrae" para permitir un espacio donde el universo pueda existir.

Emanaciones que contienen apartes de esa luz que desciende por las 10 sefirot (Kéter, Jojmá, Biná, etc.), como un sistema de "filtros" para que esta luz infinita pueda ser recibida sin destruir la creación. Cada Sefirá es una forma específica en que la energía divina se expresa: Jésed (Bondad) → energía de amor Guevurá (Fuerza) → energía de restricción, disciplina etc. Así, la luz se convierte en formas energéticas que modelan la realidad espiritual, emocional y física.

El alma humana es una chispa de esa Luz original, un fragmento del Or Ein Sof. Según el Zóhar, nuestra Neshamá (alma) es literalmente "un rayo del Creador". Nuestra alma vive para reconectarse con esa fuente, creciendo en luz mediante actos de conciencia, transformación espiritual, y amor. Cada acción altruista, cada pensamiento elevado, atrae más luz, y purifica el "vaso" (Kli) que somos. Esta energía se convierte en vitalidad, sabiduría, paz interna y expansión de conciencia.

Crecer en luz, es aumentar la capacidad de recibir luz sin romperse, lo cual se logra transformando el deseo de recibir para uno mismo en deseo de recibir para compartir. Es un proceso de tikkún (reparación), donde el alma se pule, libera sus capas oscuras (ego, miedo, caos), y se alinea con la vibración de la unidad. La meta última es Devekut (דבקות ), una adhesión total con la Luz del Creador, en conciencia, en vibración, en ser.

Proceso que se logra gracias a nuestra corrección de cualidades (Midot), todo un trabajo espiritual personal, que nos aporta el estudio de sabiduría espiritual (Torá/Kabalá) logrando poco a poco esa conexión con la Luz mediante la intención (Kavaná) en actos y oraciones, pero sobre todo a través del amor al prójimo, porque el otro también es portador de la misma luz.

Cuando un alma alcanza su rectificación completa, vuelve a unirse con el Or Ein Sof, no como se diluye una gota en el océano, sino como una vela que se funde con una llama mayor, sin perder su esencia, pero sin separación.

Cada vez que inhalamos, tomamos de esa Su esencia, de esa Luz, de su energía, logrando que esta se expanda en nuestro ser interior, lo que implica que al exhalar evacuemos todo aquello que no deja que nuestro ser se ilumine, siendo incluso esas intenciones, emociones y pensamientos, los mejores indicadores para darnos cuenta nuestro grado de integración o separación con Él. Somos fragmentos de esa luz divina viviendo una corta experiencia terrenal humana.

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