GÉNESIS · II · 15

Génesis 2:15

Él nos creó

II · 15

וַיִּקַח יְהוָּׁה אֱלֹהִים אֶת־הָּׁאָּׁדָּׁם וַיַּנִחֵּהוּ בְגַן־עֵּדֶן לְעָּׁבְדָּׁהּוּלְשָּׁמְרָּׁהּ

Va-yikach Adonai Elohim et-ha-adam va-yanichehu b'gan-eden l'ovdah u- l'shamrah

“Y tomó el Señor Dios al hombre, y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo guardara.”

Reflexión

Desde la Cábala y la Guematria, este versículo revela el propósito espiritual del ser humano: no solo como habitante pasivo del mundo, sino como colaborador activo en la obra divina. "Cultivar" – לעבדה (le’ovdá), proviene de la raíz ע .ב .ד (avodá) que significa trabajar o servir. En la Torah, "avodá" también se usa para referirse al servicio sagrado (como en el Templo).

Por ello este concepto representa el trabajo espiritual interno, se trata de refinar el alma, elevar el mundo, transformar lo mundano en divino. El "cultivo" no es físico solamente: es el trabajo de conciencia, intención (kavaná) y rectificación (tikún). El hombre es socio de Dios en la tikún ha’olam – la rectificación del mundo.

לעבדה (le’ovdá) = 111. (ל =30 +ע =70 +ב=2 +ד=4 +ה=5). 111 también es el valor de: אלף (Alef) – la primera letra del alfabeto hebreo, símbolo del Uno, la unidad divina oculta en lo múltiple. Esto indica que "cultivar" es revelar la Unidad divina (Alef) oculta en la creación.

"Guardar" – ולשמרה (ulshomrá). De la raíz ש .מ .ר (shamar) – guardar, custodiar, proteger. En otros contextos bíblicos, significa observar los mandamientos. Representa la protección de la santidad, mantener la pureza del alma, poner límites a los impulsos destructivos. Equilibra el "cultivar", que es más activo, con una función de resguardo ético y espiritual.

ולשמרה (ulshomrá) = 547. (ו =6 +ל=30 +ש =300 +מ=40 +ר =200 +ה =5), es el valor de לְ הַ אִ יר אֶת הַ חוֹשֶ ךְ (leha’ir et hachoshech) – iluminar la oscuridad. Esto sugiere que "guardar" no es esconderse del mal, sino contenerlo y redimirlo con luz y conciencia.

Dios no pone al ser humano en el Edén como turista, sino como guardián y co-creador. La tarea del hombre es trabajar en sí mismo y en el mundo, transformando el caos en orden, el deseo en compasión, la materia en santidad. Dualidad de esa misión que nos llama a trnasformarnos, a proteger nuestra santidad a la expansión (Jésed) con limite (Guevurá), al servicio espiritual (avodá) a la observancia ética (Shmirá), a hacer visible lo espiritual.

El trabajo espiritual (avodá) y la protección de lo sagrado (shmirá) son las dos caras del Tikún, el proceso por el cual el alma repara el mundo y se eleva. Esto también refleja el balance entre Zeir Anpin (la manifestación divina activa) y Maljut (la recepción, el resguardo).

Nuestra tarea implica el trabajar ese mundo interior: la "tierra" que debemos cultivar es nuestra propia alma, cuidando de nuestra conciencia: vigilando esos pensamientos, acciones e intenciones. Viviendo con un propósito celestial ya que cada acto puede ser parte de la Tikún del Edén original, se trata de hacer de nuestros entornos ese jardín: un espacio donde florezca la divinidad.

Y fue así como resultado de nuestra desobediencia, que caímos en un espacio terrenal y temporal en donde pudiéramos reconocernos y aprender a coordinar nuestra voluntad, asimilando que necesitamos de Su voluntad y guía. Por ello, el mandato divino de trabajar y cuidar ese jardín aún se mantiene. Sin embargo, poco comprendemos conceptos como "tomar" וַיִּקַ ח (Va-yikach), que nos llama a asumir esa responsabilidad que tiene que ver con poner al servicio de nuestros entornos nuestros dones y habilidades, y no ser servidos.

Nuestro amoroso Padre Celestial, sin embargo, sabiendo que nos alejaríamos y que además lo despreciaríamos, nos ubicó en este escenario donde pudiéramos reconocerle a través de Su misericordia (יהוה), la misma que, orientada por Su justicia (אֱלֹהִ ים), podría mantener ese equilibrio universal que debemos encontrar a través de nuestra propia naturaleza y todo lo que nos rodea.

Él, como יְהוָּׁה אֱלֹהִ ים (Adonai Elohim), entendió que ese hijo primogénito, Adán אֶת־הָּׁ אָּׁדָּׁ ם (et-ha-adam), como generador de la totalidad de la humanidad a través de ese gen que se fragmentó, necesitaba todo un proceso para que esa semilla de vida pudiera, consciente y voluntariamente, trabajar interiormente por su reintegración a ese Edén.

La invitación a que cultivara dicho Edén לְ עָּׁבְ דָּׁ הּ (l'ovdah), gracias a la raíz "avodah" עֲבוֹדָּׁ ה, nos reitera que no era cualquier labor, sino un servicio sagrado que tiene que ver aún con cultivar nuestros valores intrínsecos para no perder esa bondad inherente en todo lo creado, dejándonos cogobernar por la polaridad del mal, que en nuestro caso, por su prolongación y magnificación, es la generadora del caos.

Guardar su palabra וּלְ שָּׁ מְ רָּׁ הּ (u-l'shamrah), gracias a la raíz שָּׁ מַ ר (shamar), nos indica que debemos proteger y preservar la vida, lo más valioso que se nos ha otorgado, la cual también despreciamos, al no comprender plenamente todo lo que ella simboliza y significa. Tristemente, nuestras propias expresiones mundanas y egoístas nos han distanciado de Su palabra, y estamos confundidos en las múltiples capas que incluso nos puede ofrecer cada signo lingüístico.

Asimilar el simple hecho de ser creados de la nada y sin más motivo que Su amor, y que además se haya hecho toda una creación para nuestro deleite, debería mantenernos de rodillas ante Él, alabándole. Sin embargo, nuestra ingratitud es tal que no queremos saber nada de ese propósito ni de nuestra misión dentro de Su obra. Quizá por ello no somos capaces de maravillarnos al contemplar lo creado y menos aún ocuparnos de su productividad y conservación.

Somos la generación de אָּׁ דָּׁ ם (Adam), con valor gemátrico 45 (א=1 ,ד=4, ם=40), lo que quiere decir que somos uno con el Creador. Esto se entiende mejor al valorar esa letra hebrea (ה), que equivale a 5 y que es, por ende, un símbolo de la revelación divina en nosotros. Cada signo lingüístico tiene un significado profundo, para lo cual necesitamos que el Espíritu Santo ilumine nuestro entendimiento para asimilar sus enseñanzas y guía.

Es por ello que el concepto גַן (Gan - Jardín), con un valor de 53 (ג=3, נ=50), nos habla de ese espacio de encuentro entre lo físico y lo espiritual, un escenario que aún está esperándonos si aceptamos voluntariamente Su voluntad y, por ende, nuestra responsabilidad dentro de lo creado. Trabajo (עֲבוֹדָּׁ ה - avodah) y cuidado (שָּׁ מַ ר - shamar) que implican preservar la esencia divina en nuestra vida cotidiana.

Somos co-creadores y debemos recrearnos en lo creado, cultivando y protegiendo no solo el mundo físico, sino también nuestro mundo interior, intentando equilibrar esas fuerzas que nos cogobiernan inconscientemente gracias a la justicia y misericordia divina. Por lo tanto, al asumir dichas labores, podemos ir reconociendo nuestro verdadero potencial espiritual.

← Versículo anteriorVolver al capítuloVersículo siguiente →