וַיִּיצֶר יְהוָּׁה אֱלֹהִים אֶת-הָּׁאָּׁדָּׁם, עָּׁפָּׁר מִן-הָּׁאֲדָּׁמָּׁה, וַיִּפַח בְאַפָּׁיו נִשְמַת חַיִּים; וַיְהִי הָּׁאָּׁדָּׁם, לְנֶפֶש חַיָּּׁה
Vayyitzer Adonai Elohim et-ha'adam afar min-ha'adamah, vayipach be'apav nishmat chayyim; vay'hi ha'adam lenefesh chayyah
“Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente.”
La expresión “Vayomer Elohim” (ויאמר אלוהים ) – “Y dijo Dios” – no es solo un hablar literal, sino una emanación de energía divina que se manifiesta como creación. En la Kabalá, la creación no ocurre de forma directa sino a través de un proceso gradual que canaliza la infinita luz divina (Or Ein Sof) hacia la realidad física. Este proceso ocurre a través de las 10 sefirot, que son como filtros o canales.
Kéter – Voluntad divina (la intención de crear) Jojmá – Sabiduría (la idea pura) Biná – Entendimiento (la estructura de la idea) Hasta llegar a Maljut, que representa la palabra hablada, la expresión final, lo más cercano al mundo físico.
Maljut es llamada "la boca" del universo. Es aquí donde la palabra de Dios se manifiesta como acto creador. Pero esa palabra ya ha pasado por todos los niveles superiores de intención, forma, emoción y planificación.
“Dios dijo”, nos denota que todo Inicia con el pensamiento divino (Jojmá), pasa por el desarrollo de esa idea (Biná) y desciende hasta Maljut, donde se convierte en “habla”. En el caso del ser humano, Dios no solo dijo, sino que también “formó” y “sopló”. Esto indica un nivel más íntimo y profundo de creación.
El acto de decir implica la activación del proceso creativo universal. “Formó” (וייצר) usa esta palabra con una doble yod (וַיִּיצֶר ), lo que según la Kabalá indica la creación de dos aspectos del ser humano: el cuerpo y el alma. “Sopló aliento de vida” – Aquí Dios no solo “habla” sino que “insufla” parte de Su propio ser, lo que representa una conexión directa con el Infinito (Ein Sof).
En la tradición kabalística, la palabra divina no es solo sonido. Cada letra hebrea tiene un valor, una forma y una energía espiritual. Así la palabra de Dios está compuesta por letras con energía espiritual. Estas letras fueron utilizadas para crear la realidad, como afirma el Sefer Yetzirá (el Libro de la Formación), un texto fundamental de la Kabalá que explica cómo Dios creó el mundo con las 22 letras hebreas y las 10 sefirot.
El ser humano es creado por la palabra, pero también tiene el poder de la palabra, ya que está hecho "a imagen de Dios". La palabra humana también puede crear o destruir: bendiciones, oraciones, estudio de Torá, todo participa en el mismo principio. El propósito humano, según la Kabalá, es usar su palabra, voluntad y acciones para elevar la creación hacia su origen divino.
Esta frase ha sido profundamente explorada por la Kabalá (la tradición mística judía) y la guematria (el sistema de interpretación numérica de las palabras hebreas), que revelan significados ocultos y propósitos espirituales detrás de la creación del ser humano.
Según la Kabalá, el cuerpo humano fue formado del "polvo" (afar) como símbolo de humildad, transitoriedad y conexión con el plano físico. El ser humano, en este plano, está compuesto por los cuatro elementos básicos: tierra, agua, fuego y aire. El término "Adam" (אדם ) viene de "Adamah" (אדמה), tierra, y también contiene las letras de "Dam" (דם), sangre, y la letra Alef (א ) que representa lo divino. Esto muestra que el ser humano es una combinación de lo terrenal y lo divino.
El “soplo” o aliento de vida (nishmat jaim) es considerado en la Kabalá como la neshamá, la parte superior del alma que proviene directamente de Dios. Esta chispa divina le da al ser humano conciencia, libre albedrío y capacidad espiritual. En el Zóhar se explica que este aliento es una parte del Creador mismo, una emanación directa de lo divino.
Adam (אדם ) =1 )א + (4 )ד + (40 )ם = (45. El número 45 se asocia con el Nombre Divino de Dios en su forma extendida Mah (מה), que representa la humildad y la capacidad del ser humano de preguntarse “¿qué soy?” (מה אני ), es decir, la búsqueda del sentido y propósito. Expresión que también se relaciona con el Tetragrámaton (יהוה ), cuando se llena con letras (יוד־הא־ואו־הא), cuya guematria también da 45 si se usa una forma específica.
Neshamá (נשמה) =400 )ת + (40 )מ + (300 )ש + (50 )נ = (395. Este valor numérico es el mismo que el de la palabra hebrea "Shamayim" (שמים ), cielos (en algunas variantes), reforzando la idea de que el alma proviene del cielo, del mundo espiritual.
La Kabalá enseña que el ser humano fue creado: Para revelar la luz divina en el mundo material (Tikún Olam – reparación del mundo). Para elevarse espiritualmente mediante el libre albedrío, el estudio, la bondad y el cumplimiento de mitzvot.
Como socio del Creador en la creación: al perfeccionarse, el humano ayuda a perfeccionar el universo. Según el Ari”zal (Rabí Isaac Luria), la neshamá desciende para rectificar chispas de santidad (nitzotzot) atrapadas en el mundo físico tras el “quiebre de los recipientes” (Shevirat HaKelim).
La expresión Vayyitzer (וַיִּיצֶר): "Y formó", compuesta por dos letras "yod" (י), nos habla de las dos inclinaciones del ser humano: una hacia hacer el bien (Yetzer HaTov) y la otra hacia hacer el mal (Yetzer HaRa), ya que se nos dio el libre albedrío para elegir en pro de nuestro crecimiento espiritual.
Esta perspectiva nos recuerda que, aunque fuimos tomados del polvo de la tierra: Et-ha'adam afar min-ha'adamah (אֶת־הָּׁ אָּׁ דָּׁ ם עָּׁפָּׁר מִ ן־הָּׁ אֲדָּׁ מָּׁ ה), también nos dice, a partir de los términos "afar" (עָּׁפָּׁר), "polvo", y "adamah" (אֲדָּׁ מָּׁ ה), "tierra", que aunque existe esa conexión íntima del hombre con la tierra, esta es tanto física como espiritual. No solo cohabitamos en una dimensión en la que prevalece el aspecto terrenal físico, sino que también formamos parte integral de esa esencia divina eterna.
Es por ello que el término "afar", que sugiere humildad, también nos habla de una mortalidad inherente a ese cuerpo tomado del polvo. Es necesario que mantengamos presente que Él también sopló en nuestra nariz su aliento: Vayipach be'apav nishmat chayim (וַיִּפַח בְ אַפָּׁיו נִשְ מַ ת חַ יִּים ), acto que se considera como la infusión directa de la esencia divina en ese cuerpo, que vive por ese aliento de vida: "nishmat chayim" (נִשְ מַ ת חַ יִּים ), chispa divina que nos dotó de un alma que, en esencia, conecta ese cuerpo mortal con el Creador.
Este soplo eleva ese cuerpo para que se sepa diferente a los demás seres vivientes de la tierra, los cuales no cuentan con esa conciencia espiritual. Es esta conciencia la que nos permite coexistir en una dimensión mental que posibilita a esa alma hacerse consciente de la coordinación y manejo no solo de expresiones, pensamientos, acciones e interrelaciones, sino también de su gran propósito, para que al nacer de nuevo logre la reconexión con lo divino.
No debemos perder de vista que la expresión Vayehi ha'adam lenefesh chayah (וַיְהִ י הָּׁ אָּׁ דָּׁ ם לְ נֶפֶש חַ יָּּׁה): "Y fue el hombre un ser viviente", cuando nos habla de "nefesh chayah" (נֶפֶש חַ יָּּׁה), "ser viviente", hace referencia a ese aspecto vital del alma que está relacionado con las funciones básicas de la vida, pero que también incluye la capacidad de conciencia y crecimiento espiritual. Por lo tanto, ese "nishmat chayim", aliento divino que infunde la vida, es lo que realmente nos hace sentirnos vivos.
Esa es nuestra esencia, que parte genealógicamente desde "adam" (אָּׁ דָּׁ ם ). Gracias a su valor gemátrico de 45, que también corresponde a la palabra "mah" (מַ ה), que significa "¿Qué?", nos está diciendo que nuestra búsqueda cotidiana y ese propósito o sentido de vida, que es trascendente, se deben alimentar de ese aliento de vida "nishmat chayim", para que nuestra conciencia se eleve. "Nefesh" (נֶפֶש ), transformación espiritual, nos llama a liberarnos de Egipto, de lo mundano, de expectativas efímeras y de nuestras intenciones malignas.
Exilio y liberación forman parte de nuestra naturaleza dual, ya que, como creación compleja que somos, al integrar elementos terrenales (adamah) y divinos (nishmat chayim), estamos llamados a elegir entre el bien que nos ofrece nuestro Padre celestial o el mal que nos proyecta nuestro ego, un libre albedrío que debe alimentarse de Su voluntad, una infusión de esencia divina que está en el aire, el mismo que nos conecta con lo sagrado.
El Polvo de la tierra (גֶֶּ֣פֶר מִ ן־הָּׁ אֲדָּׁ מָָּׁ֑ה): representa lo físico, el cuerpo, lo material, lo limitado. El soplo de vida (נִשְ מַ ת חַ יִּים ): representa lo espiritual, el alma (neshamá), la chispa divina, lo eterno. Esto establece que somos una unión de materia y espíritu, de finito e infinito, y esta dualidad es clave para la comprensión cabalística de la mente y las emociones.
Pero además el ser humano es un microcosmos del Árbol de la Vida (Etz Chaim), que representa las sefirot, o atributos divinos. Las sefirot superiores corresponden a la mente, y las inferiores a las emociones: Intelecto (מוחין – Mojin): Jojmá (Sabiduría): Inspiración, chispa inicial. Biná (Entendimiento): Desarrollo racional. Daat (Conocimiento): Integración y conexión. Emociones (מידות – Midot): Jesed (Amor, benevolencia) Gevurá (Disciplina, temor, fuerza). Tiféret (Belleza, compasión). Nétzaj, Hod, Yesod (Perseverancia, humildad, conexión). Maljut (Reinado): Expresión en el mundo físico.
Así, nuestra mente y emociones reflejan directamente los atributos de Dios, y ser “a Su imagen” (צלם אלוהים – Tzelem Elohim) significa poseer esta capacidad de razonar, sentir, elegir y crear con propósito espiritual. Nefesh (נפש) – alma básica/emocional = 430. Ruaj (רוח) – alma emocional/intelectual = 214. Neshamá (נשמה) – alma superior = 395.
Cada nivel del alma se asocia a distintas funciones internas: Nefesh → emociones básicas, deseos. Ruaj → sentimientos refinados, moral. Neshamá → intelecto, conexión con Dios.
Adam (אדם ) = 1 +4 +40 =45. Representa la totalidad del ser humano. Curiosamente, 45 también es la guematría de מה (Mah), que significa “¿qué?”, simbolizando humildad y apertura, una cualidad divina en el hombre. Nuestra mente y tus emociones no son accidentes evolutivos ni funciones biológicas solamente, son manifestaciones del alma divina que reflejan, en su raíz, la estructura interna de Dios mismo. Ser “a Su imagen” significa tener libre albedrío, capacidad de amar, crear, discernir, y buscar la unidad espiritual con el Creador.