וַיֹּּאמֶר יְהוָּׁה אֱלֹהִים לֹּא־טוֹב הֱיוֹת הָּׁאָּׁדָּׁם לְבַדוֹאֶעֱשֶהּ־לּוֹעֵּזֶר כְנֶגְדוֹ
Va-yomer Adonai Elohim lo-tov heyot ha-adam levado e'eseh-lo ezer k'negdo
“Y dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea para él.”
Somos parte integral de todo lo creado, lo que significa que todo nos complementa, aunque tengamos la posibilidad, por nuestro libre albedrío, de contar con cierta interdependencia. Sin embargo, esta interdependencia contiene un llamado intrínseco a entender esa necesidad de equilibrio, el mismo que, a su vez, nos insta a comprender que la vida nos une.
Desde dichos puntos y líneas lingüísticas que leemos como signos y que vibran gracias a Su palabra, se creó todo lo que reconocemos. Por ende, cuando Él dice: וַיֹּּאמֶ ר יְהוָּׁה אֱלֹהִ ים (Va-yomer Adonai Elohim) - "Y dijo el Señor Dios", su propia verbalización nos denota, gracias a esos signos combinados: יְהוָּׁה אֱלֹהִ ים , que todo debe fluir armónicamente, lo que significa que nuestras expresiones deben estar igualmente llenas de misericordia y justicia, para que así nuestras decisiones divinas estén sustentadas en ese equilibrio celestial.
Perspectiva que poco atendemos, usando nuestra boca para maldecir no solo a nosotros mismos y a la vida, sino también a Él, generando un verdadero caos en todo lo que nos rodea. Afortunadamente, nuestro propio mundo es un pequeño espacio fragmentado dentro de todo lo creado, una contracción que, sin embargo, Él cogobierna con sus mandatos, que, aunque respetan nuestro libre albedrío, guían el equilibrio universal natural.
Desde el momento en que empezó nuestra fragmentación: לֹּא־טוֹב הֱיוֹת הָּׁ אָּׁ דָּׁ ם לְ בַדוֹ (lo-tov heyot ha-adam levado) - "No es bueno que el hombre esté solo", Él ha intentado que entendamos la importancia de multiplicarnos y ser luz para llenar ese espacio contraído y que nuestra fragmentación retorne a la unidad. Quizá por ello la expresión לֹּא־טוֹב (lo- tov) - "no bueno", טוֹב (tov - bueno) llevada a la sefirá Tiferet, nos grita que la armonía y belleza que tanto anhelamos están solo en Él.
Belleza que los humanos trasladamos a lo estético y que especialmente las damas han confundido, perdiendo con esa armonía la integración que debe lograr una pareja como recuerdo de nuestra unidad con Él. Al afirmar que "no es bueno" que el hombre esté solo, lo que se sugiere es un estado de plenitud que parte de nuestra armonía y que requiere de una unión, inicialmente con nosotros mismos, con esa pareja, con los otros y, lógicamente, de todos con el Creador.
Ayuda idónea: אֶעֱשֶ הּ־לּוֹ עֵּזֶר כְנֶגְדוֹ (e'eseh-lo ezer k'negdo), que, al entenderse desde el término עֵּזֶר (ezer - ayuda), nos llama a asistimos, a servirnos, כְנֶגְדוֹ (k'negdo), siendo ese ser correspondiente, o sea, complementario a nuestras búsquedas intrínsecas de unidad. Es por ello que el acto sexual debe asumirse como una integración de esa pareja con la misma creación, la cual bendice esto con la posibilidad de la llegada de un nuevo ser al mundo.
Nuestra fragmentación requiere de la integración, por lo que esa pareja como ayuda idónea no es simplemente un apoyo, sino también un ser que nos confronta y equilibra respecto a nuestros verdaderos propósitos, siendo esa unión marital un escenario para enriquecer nuestras vivencias y experiencias.
La expresión עֵּזֶר (ezer - ayuda) desde la gematría, עֵּזֶר es 277 (ע=70 ,ז=7, ר=200), lo que nos da la idea de una combinación de fuerza y dirección, lo que significa que esa pareja, para que sea idónea, debe estar alineada con la fuerza y el propósito divino. Incluso el concepto כְנֶגְדוֹ (k'negdo - correspondiente a él), por su valor de 359 (כ=20 ,נ=50 ,ג =3 ,ד=4 ,ו =6), ratifica ese equilibrio dinámico, donde dos fuerzas que incluso parecen opuestas físicamente deben complementarse y equilibrarse para crear una unidad más fuerte.
Somos fragmentos de Él, por ende, nuestra esencia nos sugiere que no podemos estar solos, ya que nuestro estado ideal es el de complementarnos, integrarnos, unirnos, siendo esa pareja en unión marital la que nos otorga la verdadera plenitud, que se logra cuando nos reencontramos en relación directa con el Creador, para lo cual voluntariamente debemos alcanzar ese equilibrio a través de nuestras interacciones e interrelaciones.
Crecimiento personal y espiritual en donde cada ser humano con quien nos encontramos en nuestro día a día cumple ese propósito dentro de nuestro desarrollo espiritual, siendo esa "ayuda idónea" no solo esa pareja, sino nuestra articulación de esa relación primaria con la guía del Creador, para lo cual las situaciones cotidianas nos desafían a mantener dicho equilibrio.
La interacción con otros nos ofrece oportunidades para aprender, crecer y equilibrar nuestras propias energías. La misma idea de entender que esas ayudas idóneas están "frente a nosotros" requiere entender que, a veces, necesitamos confrontar y ser confrontados para alcanzar un estado más elevado de conciencia y comprensión. Por lo tanto, es prioritario que valoremos las relaciones en nuestras vidas, ya que son oportunidades divinas para el crecimiento y el equilibrio.
Al interpretar la Torà desde la Kabalá es claro que nada ocurre "después" sino que todo es simultáneo, ya que el tiempo en la Torá no es lineal, como el nuestro, sino que los relatos representan procesos espirituales más que cronología histórica, por ello, la aparición del mandato de obedecer que antecede a la creación de la mujer no son eventos separados, sino dos aspectos de un mismo misterio: la necesidad del alma de dividirse y encontrarse para poder alcanzar la plenitud del Tikún.
Según el Zóhar y el Ari (R. Itzjak Luria): Adán originalmente contenía dentro de sí la esencia femenina (Javá). La separación en "hombre" y "mujer" ocurre para permitir una forma de relación, elección y libertad que no era posible en una unidad indiferenciada. Esto se conecta con el mandato de no comer: ahora hay otro ser con voluntad, con el cual Adán debe colaborar o ser influenciado. Es el surgimiento de la verdadera dualidad, que hace posible el libre albedrío completo. Pero eso sí, la mujer no es una causa de la caída, sino el vehículo de la evolución espiritual.
"Ezer Kenegdó" (עֵּזֶר כְנֶגְדוֹ), significa literalmente “ayuda frente a él” o “ayuda opuesta a él”, lo cual suena paradójico. Ezer (עזר ) = 70 +7 +200 = 277 y Kenegdó (כנגדו ) = 20 +50 +3 +4 +6 =83, suman en total 360, que es un número que simboliza el círculo completo, la totalidad del horizonte: el alma completa con sus polaridades integradas.
Este número también se asocia simbólicamente con el ciclo de lo oculto que se revela (como las 360° del círculo que “encierran” un punto invisible en el centro: el alma). Por ende en el pensamiento de Rav Ashlag (fundador del Kabalá L’Am), se enseña que: “El pecado de Adán no fue un error, sino un paso necesario en el camino del alma hacia el verdadero deseo de recibir con intención de dar.”
Es decir: El descenso (desobediencia, caída, separación) es necesario para que el alma aprenda a elegir la reconexión conscientemente. La mujer (Javá) no es culpable: es instrumento del despertar del deseo y del inicio del camino hacia la sabiduría y el Tikún.
El Zóhar además nos dice que la serpiente representa el Yetzer Hará (inclinación al mal), una fuerza espiritual necesaria para que exista libre albedrío. El contacto entre Javá y la serpiente representa el momento en que el alma humana comienza a experimentar la dualidad interna. La desobediencia no destruye el plan divino, sino que lo expande: ahora el alma debe recorrer el camino de retorno por elección, no por inocencia.
El mandato de no comer del árbol representa el primer desafío del alma humana en su forma unificada. La creación de la mujer marca el inicio de la dualidad. necesaria para el libre albedrío y el crecimiento. La “caída” no es un fracaso, sino el inicio del proceso de Tikún, en el cual la humanidad recorre el camino hacia la integración espiritual consciente. La ayuda idónea (Javá) no es la causa del pecado: es la clave para la redención.