וּמֵּעֵּץ הַדַעַת טוֹב וָּׁרָּׁע לֹּא תֹּאכַל מִמֶנוּ כִי בְיוֹם אֲכָּׁלְךָ מִמֶנוּ מוֹת תָּּׁמוּת
U-me'etz ha-da'at tov va-ra lo tokhal mimenu ki b'yom akholkha mimenu mot tamut
“Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás.”
El "árbol del conocimiento del bien y del mal" simboliza más que la dualidad que cogobierna hoy nuestras vivencias, el paso por la dimensión de la muerte, fruto de coexistir en la imperfección de un mundo donde debemos aprender de los efectos de nuestras libertades, no solo para con nosotros, sino para con los demás.
Es por ello que ese árbol del conocimiento וּמֵּ עֵּץ הַ דַ עַת (U-me'etz ha-da'at) debe ser visto en su totalidad como un canal de energía del cual tomamos frutos, עֵּץ (etz - árbol), vida הַ דַ עַת (ha-da'at - el conocimiento), que al trasladarse a la sefirá Da'at, nos reitera que requiere integrarse a la conciencia divina para poder restablecer su sentido o, de lo contrario, divagará en conocimientos finitos y limitados que no lograrán explicar esa esencia infinita e ilimitada.
Cuestionamientos de los que estamos llenos y que nos hacen percibir el bien y el mal טוֹב וָּׁרָּׁ ע (tov va-ra) como una simple dualidad, "tov" (bien) y "ra" (mal), cuando realmente dichos conceptos nos introducen en la complejidad de una dimensión moral en la que dichas fuerzas que cogobiernan nuestra inconsciencia nos arrojan la necesidad de entenderlas, atenderlas y equilibrarlas.
Comer algo es comprender que ello se integra a nosotros, por lo cual la invitación a no hacerlo לֹּא תֹּאכַל מִ מֶ נוּ (lo tokhal mimenu) significa, con esa prohibición directa, además de una advertencia, una alerta, donde el verbo תֹּאכַל (tokhal - comerás) nos arroja la idea de que algo se integra a nosotros, se hace parte, siendo esa experiencia o conocimiento un elemento que, con sus impurezas, nos aleja del propósito de ser luz estando cerca de la fuente generadora de esa luz.
La prohibición de "comer" simboliza la restricción en la adquisición de ciertos conocimientos o la implicación en ciertas experiencias que pueden llevar a consecuencias negativas, כִי בְ יוֹם אֲכָּׁלְ ךָ מִ מֶ נוּ מוֹת תָּּׁ מוּת (ki b'yom akholkha mimenu mot tamut) - "porque el día que de él comas, ciertamente morirás". Estado que tiene que ver más que con la muerte del cuerpo, con la introducción a la dimensión de la muerte espiritual, toda una separación con Él que nos aleja de todo lo que Él nos ofrece y, por lo tanto, de ese nuestro estado de gracia original.
Lo que reconocemos como nuestros actuales conocimientos, al estar alejados de Su sabiduría, tan solo forman parte de una suma de ignorancias, especulaciones, desinformaciones, es decir, desconocimientos de Él. דַ עַת (da'at - conocimiento), desde su valor gemátrico דַ עַת suma 474 (ד =4 ,ע=70 ,ת =400), nos recuerda que el llamado a estar conectados a esa fuente, según la sefirá que conecta las sefirot superiores (chochmah y binah) con las inferiores, requiere reconocernos como sus hijos.
El mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal nos enseña sobre la naturaleza de las elecciones y sus consecuencias, pero sobre todo, sobre cómo nuestras elecciones representan o nuestra caída en la dualidad y alejamiento de la unidad divina, o nuestra elevación para así entender nuestra actual fragmentación de esa sabiduría pura y de nuestra conciencia divina.
Sus leyes y mandatos, más que representar prohibiciones, significan pruebas de crecimiento, enseñanzas sobre los límites de ese conocimiento humano, pero también la necesidad de confiar en la guía divina, ya que no todas las experiencias son beneficiosas. Por el contrario, reencontrarnos con Su sabiduría implica saber qué evitar y cuándo hacerlo para actuar en alineación con esos principios elevados.
El mundo se encuentra como lo apreciamos, producto de nuestros libertinajes, de querer hacer lo que nos viene en gana, obviando que la verdadera libertad no está en hacer todo lo que queramos, sino en elegir lo que nos acerque más a la unidad divina y a la plenitud espiritual. Obediencia y autocontrol son pilares para mantener la conexión con lo divino y evitar la caída en la fragmentación y el dolor, que como llamado de atención nos advierte desde nuestra esencia.
En la Kabalá, el Árbol de la Vida representa el Sefirótico, es decir, el sistema de 10 Sefirot que conectan lo Divino con lo creado. El Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal simboliza la mezcla entre opuestos, que trajo la confusión moral y la separación entre el bien y el mal. El mandato de no comer de ese árbol sugiere una instrucción de permanecer en un estado de unidad espiritual sin caer en la polaridad que lleva al juicio (Din).
La Kabalá enseña que no era el conocimiento lo prohibido, sino el momento y la preparación. La humanidad aún no estaba lista para integrar el conocimiento dual sin caer. El árbol no era malvado; era demasiado poderoso para un alma no desarrollada. La Kabalá y la Gematría revelan que el mandato de comer libremente excepto del árbol del conocimiento no fue una prohibición arbitraria, sino una guía hacia el crecimiento espiritual, la integración con la Luz divina y el desarrollo del libre albedrío. Comer “libremente” representa una relación armónica con el mundo, pero con límites que preservan la conexión con lo eterno.
Desde una visión cabalística, todos los mandamientos son expresiones diferentes del mismo principio esencial: unión con la Voluntad Divina, o sea: obediencia alineada con la Luz de Ein Sof (el Infinito). En ese sentido, obedecer no es simplemente cumplir órdenes, sino armonizar el alma con la Fuente.
La Kabalá enseña que las 613 mitzvot no son mandatos externos, sino canales espirituales que permiten al alma rectificarse (Tikún) y elevarse. Hay 248 mandamientos positivos (haz) → asociados con los 248 órganos del cuerpo. Y 365 negativos (no hagas) → asociados con los 365 tendones o días del año. Esto revela que la totalidad de la existencia humana está involucrada en la conexión con la Luz divina.
Y que el mandato de obedecer en el Edén es el arquetipo de todas las mitzvot. En el jardín, había una sola mitzvá: no comer del árbol del conocimiento. Desde la perspectiva cabalística, esta única orden y esta contenía todas las futuras mitzvot de forma potencial. Y ello era un símbolo del libre albedrío y la oportunidad de conexión. Cuando se quebró esa única mitzvá, fue necesario fragmentar la conexión y distribuirla en 613 canales que permiten su reparación. Por eso, la historia del Edén se considera la raíz de la necesidad de la Torá.
El Shema Israel declara: "Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas." Este mandamiento (Devarim/Deuteronomio 6:4-5) es considerado por los sabios como la esencia de todos los mandamientos, y el Zóhar lo llama el “Yijud” (unificación), porque el amor es la forma suprema de obedecer.
Obedecer no es un mandato aislado, sino la esencia espiritual común a los 613 mandamientos. Las 613 mitzvot son manifestaciones múltiples de una sola voluntad divina: que el alma se conecte con su Fuente. La fragmentación del Uno en muchos es un reflejo de la caída de Adán; el cumplimiento de las mitzvot es el camino de regreso a esa Unidad.