GÉNESIS · II · 20

Génesis 2:20

Él nos creó

II · 20

וַיִּקְרָּׁא הָּׁאָּׁדָּׁם שֵּמוֹת לְכָּׁל־הַבְהֵּמָּׁה וּלְעוֹף הַשָּׁמַיִם וּלְכָּׁל־חַיַּת הַשָּׁדֶה וּלְאָּׁדָּׁם לֹּא־ מָּׁצָּׁא עֵּזֶר כְנֶגְדוֹ

Va-yikra ha-adam shemot l'khol ha-behemah u-l'of ha-shamayim u-l'khol chayat ha-sadeh u-l'adam lo matza ezer k'negdo

“Y el hombre puso nombre a todo ganado, y a las aves del cielo, y a toda bestia del campo, pero para Adán no se encontró una ayuda idónea para él.”

Reflexión

El acto de nombrar es mucho más que un acto de percepción sensorial que nos lleva a la dimensión espiritual, ya que nombrar no es imponer un sonido arbitrario, sino percibir la esencia espiritual de un ser o cosa y revelarla mediante un nombre: "shem" (שם ), que también está relacionado con “luz” (shemesh - sol) y “código” (como en los Nombres de Dios).

Por lo tanto, cuando Adam (אדם) nombra a los animales, está accediendo a su código espiritual y reconociendo su lugar dentro de la creación. Es un acto de conciencia elevada, no solo de lenguaje, pero el versículo finaliza recordándonos que aunque Adam percibe no se identifica.

Ya que él puede percibir la esencia de todos los seres vivos (es decir, tiene un grado de conciencia divina muy alto), más no encuentra en ninguno una contraparte. Él puede nombrar, pero no puede dialogar realmente: no hay reciprocidad.

Esto revela un punto profundo: El lenguaje necesita alteridad. Adam puede “ver” a los animales, pero no puede ser visto, comprendido ni reflejado por ellos y allí debemos vislumbrar esa necesidad del otro como reflejo del alma.

La Cabaláh explica que Adam fue creado andrógino, conteniendo ambos polos: masculino y femenino. En esta escena, Adam nombra todo lo externo, pero no encuentra en ello una ayuda o reflejo interno. Esto se interpreta como un momento de anhelo espiritual: el alma humana necesita diálogo, espejo, comunión.

Y entonces, Dios “separa” esa parte oculta de Adam y crea a Javá (Eva), no solo como compañía física, sino como la manifestación de la otra mitad del alma. "Adam" (אדם ) = 45, Alef (1), Dalet (4), Mem (40), que representa el alma completa (intelecto, emoción, acción).

45 es también el valor de uno de los Nombres de Dios en la forma del Tetragrámaton expandido: י־ה־ו־ה →45 (llamado el Shem Ma, nombre de expansión y rectificación del ser humano). "Javá" (חוה) = 19. Cuando Adam se une con Javá, completa su identidad relacional, lo que permite el paso de un ser que nombra a un ser que dialoga.

El verbo “llamar” (ויקרא) y el acto de “nombrar” están ligados al poder profético. Para la Cabaláh, el acto de nombrar tiene que ver con la profecía y el Ruaj HaKodesh (Espíritu Santo): Adam, antes del exilio del Edén, vivía en un estado de conciencia elevado donde percibía la raíz espiritual de las cosas.

Así que Nombrar es un acto sagrado: revela la esencia oculta. Adam puede percibir lo que está fuera, pero no encuentra reflejo de su mundo interno. Siendo el diálogo algo que exige otro con quien compartir sentido: no basta con tener lenguaje, se necesita comunión. Por ello Eva, Javá, representa la capacidad de relación, de diálogo real, de reciprocidad emocional y espiritual. Desde la perspectiva de la Cabaláh, el alma humana no está completa sin ese otro que la revela a sí misma.

Nuestras sesgadas interpretaciones respecto de nuestras propias expresiones y las erradas ideas que hemos consolidado acerca de la misma Palabra del Creador, intentando manipular históricamente sus significados y generando más desinformación y especulaciones, nos han llevado incluso a nombrar nuestras propias experiencias de manera incorrecta y a proyectar nuestras búsquedas interiores como necesidades exteriores llenas de egoísmo y placeres sin sentido.

Quizá por ello es importante reflexionar profundamente en la expresión וַיִּקְ רָּׁ א הָּׁ אָּׁדָּׁ ם שֵּ מוֹת (Va-yikra ha-adam shemot) - "Y el hombre puso nombre", considerando el término שֵּ מוֹת (shemot - nombres) desde su pluralidad, lo que nos permite entender que, aunque Adán dio una suma importancia a la individualidad de cada especie, estaba indicándonos que en esa diversidad se encuentra nuestra tarea complementaria de ser sus mayordomos, usando nuestras palabras para ello.

El concepto de "ganado" בְ הֵּ מָּׁ ה (behemah - ganado), לְ כָּׁל־הַ בְ הֵּ מָּׁ ה (l'khol ha- behemah) - "a todo ganado", nos presenta la idea de que esa fuerza instintiva en la creación, que Adán nombró, es controlada por una conciencia divina que debe concertarse con la humana para que esa co- creación se mantenga unida bajo un mismo propósito.

Al observar "las aves del cielo" וּלְ עוֹף הַ שָּׁ מַ יִם (u-l'of ha-shamayim) - "y a las aves del cielo", algunas de las cuales desconocemos regularmente por su nombre, se nos está recordando, a través de los términos עוֹף (of - ave) y שָּׁ מַ יִם (shamayim - cielo), la necesidad de no perder nunca de vista que nuestra realidad se debe a ese cielo, y por ende debemos buscar siempre esos aspectos elevados y espirituales de la creación, ya que todo lo creado debe moverse libremente para reconectarse con lo divino.

Todo lo creado nos llama a esa integración, incluso esas "bestias del campo" וּלְ כָּׁל־חַ יַּת הַ שָּׁ דֶ ה (u-l'khol chayat ha-sadeh) - "y a toda bestia del campo", que en ocasiones despreciamos, cumplen ese rol. Por ello, la expresión חַ יַּת הַ שָּׁ דֶ ה (chayat ha-sadeh - bestias del campo) nos habla más que de los aspectos salvajes de la creación, de cómo aquello que aparenta no tener propósitos divinos debe ser nombrado para que este se haga parte y, por ende, se articule en ese plan.

Comprender todos estos conceptos básicos es lo que nos permite reorientar nuestras vidas, desde nuestras propias expresiones, denominando las cosas desde esa perspectiva divina, para así asumir que todo lo creado cumple con ese propósito divino en donde el ser humano es el centro y objeto de todo.

Somos parte integral de una creación, y todo lo creado nos llama a entenderlo: וּלְ אָּׁ דָּׁ ם לֹּא־מָּׁ צָּׁא עֵּזֶר כְנֶגְדוֹ (u-l'adam lo matza ezer k'negdo) - "pero para Adán no se encontró una ayuda idónea para él". Por ello, al nombrar algo o a alguien, nos estamos identificando e integrando con ese otro, lo que significa nuestra necesidad de establecer, a través de nuestros diálogos, relaciones humanas sanas, profundas y significativas.

Al penetrar en los signos lingüísticos originales e iluminar nuestro entendimiento con la guía del Espíritu Santo, podemos tener más claridad respecto de cómo un mismo signo o palabra, gracias a la gematría, nos puede entregar nuevas luces. Por ello, el término Adán, אָּׁ דָּׁ ם (adam - hombre), con un valor de 45 (א=1 ,ד=4 ,ם=40), nos sugiere que esa conexión del hombre con la tierra (אֲדָּׁ מָּׁ ה - adamah) es la que nos entrega a la vez un rol como intermediarios entre lo espiritual y lo físico.

La suma gemátrica del término שֵּ מוֹת (shemot - nombres) 746 (ש=300, מ=40 ,ו=6 ,ת=400) también nos indica que ese acto de nombrar, desde esta perspectiva, implica la capacidad de percibir y definir la esencia de cada criatura y, por ende, encontrarle ese propósito divino, así como la utilidad que dentro de dicho proceso de intermediación esta cumple.

El acto de nombrar como función divina es el que nos permite participar activamente en la creación, siendo nuestra propia narración la que nos da una identidad y propósito no solo para nuestras existencias, sino para cada ser viviente, de los cuales necesitamos, ya que esa interacción y compañía de otros seres vivientes, al complementarnos, nos llama a buscar la unidad de todo.

Aunque podemos encontrar satisfacción y propósito en nuestras interacciones con el mundo, la verdadera plenitud se encuentra en las relaciones significativas con otros seres humanos, al complementarnos con ellos para descubrir y realizar nuestro verdadero potencial. Se trata de comunicarnos con nosotros, con los otros, con lo Creador y a través de esta SU obra con Él.

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