GÉNESIS · III · 8

Génesis 3:8

La visión del engaño

III · 8

וַיִשְׁמְעוּ אֶת־קוֹל יְהוָּה אֱלֹהִים מִתְהַלֵך בַגָּן לְרוּחַ הַיוֹם וַיִתְחַבֵא הָּאָּדָּם וְאִשְׁתוֹמִפְנֵי יְהוָּה אֱלֹהִים בְתוֹך עֵץ הַגָּן.

Vayishme'u et-kol Adonai Elohim mithalekh bagan leruach hayom vayitchabeh ha'adam v'ishto mipnei Adonai Elohim betoch etz hagan.

“Y oyeron la voz de Yahvé Dios que se paseaba en el jardín al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Yahvé Dios entre los árboles del jardín.”

Reflexión

Adán y Eva escucharon la voz del Creador recorriendo el jardín, pero no lo percibieron de la misma manera que antes. Según la interpretación cabalística, esto simboliza un cambio en la conciencia de la humanidad después del pecado del árbol del conocimiento del bien y del mal. Antes de comer del fruto, Adán y Eva tenían una conexión directa y clara con Dios, sin las distorsiones de la dualidad que trae la conciencia del bien y el mal. La escucha de la voz de Dios representa una forma directa y pura de comunicación espiritual.

Pero, tras comer del fruto, la percepción humana se ve distorsionada. Este acto introduce la "dualidad" en la conciencia, separando al ser humano de la percepción directa de lo divino. Según los cabalistas, la percepción espiritual se opacó porque Adán y Eva comenzaron a ver el mundo a través del filtro de sus propios deseos, pensamientos y ego, es decir, ahora percibían el Creador de manera diferente, ya no con una conciencia pura, sino influenciada por el conocimiento del bien y el mal.

En la Gematría, que estudia el valor numérico de las palabras, la palabra "voz" (קוֹל , "Kol") tiene un valor numérico de 56. Esto puede interpretarse como una referencia a la capacidad humana de escuchar, pero cuando esa capacidad se ve alterada por el pecado, la conexión directa con lo divino se pierde o se debilita.

Después de cometer el pecado, Adán y Eva se dan cuenta de que están desnudos y se sienten avergonzados, por lo que se esconden entre los árboles del jardín (Génesis 3:8). Esto es simbólicamente importante en la Cábala. Los árboles en este contexto pueden verse como representaciones de las esferas del Árbol de la Vida, que es un símbolo central en la Cábala. Al esconderse entre los árboles, Adán y Eva no solo intentan ocultar su desnudez física, sino también su nueva condición espiritual.

Según los cabalistas, la vergüenza que sienten proviene de haber perdido su pureza original y ahora perciben la separación entre ellos y el Creador. Antes del pecado, no conocían el concepto de "vergüenza", pero ahora, después de la transgresión, se vuelven conscientes de su propia fragilidad y limitaciones. La acción de esconderse entre los árboles simboliza este intento de escapar de su nueva conciencia de la dualidad, del ego y la separación.

En términos cabalísticos, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal representa la "dualidad" en la creación. Antes de comer del fruto, Adán y Eva eran conscientes solo de la unidad y la pureza del Creador. Sin embargo, al comer del fruto, adquirieron un conocimiento dividido, la capacidad de discernir el bien del mal, lo que trajo consigo la separación de la unidad original y la entrada del "ego".

La vergüenza que sienten al darse cuenta de su desnudez puede entenderse como el descubrimiento del ego y la separación del estado puro de conciencia. En este contexto, el hecho de esconderse simboliza la dificultad que tiene el ser humano para enfrentar la realidad de su ego y su separación de lo divino.

La palabra "esconder" (הִ סְ תַ תֵ ר, "Hista'ter") tiene un valor numérico de 616. Este número podría interpretarse como una referencia a la idea de ocultar algo que ya no es accesible de forma directa, simbolizando cómo la humanidad, después de este acto, ya no puede percibir a Dios en la misma cercanía e inmediatez.

En la Cábala, el pecado de Adán y Eva también se asocia con la pérdida de la luz espiritual. Antes de la caída, su relación con Dios era como la luz directa e ininterrumpida. Al comer del fruto, se separaron de esa luz y entraron en un estado de oscuridad espiritual, lo que se refleja en su incapacidad para reconocer la presencia divina con la misma claridad que antes.

Esta caída representa el descenso del alma desde un estado de unidad con Dios hacia un estado de fragmentación y oscuridad, que es un proceso necesario en el camino espiritual. Según la Cábala, este acto introduce la necesidad de tikkun (rectificación), un proceso en el cual la humanidad tiene que buscar y restaurar la conexión con lo divino.

En la Cábala y la Gematría, la historia de Adán y Eva se interpreta como una enseñanza profunda sobre la caída espiritual y la separación de la unidad original con Dios. El acto de ocultarse y no percibir la voz del Creador refleja la transición de la conciencia pura a la conciencia de dualidad, que es esencial para el desarrollo humano, pero también implica una ruptura con la percepción directa de lo divino. La historia de Adán y Eva simboliza la entrada del ego en el mundo humano y la necesidad de rectificación y restauración de la conexión divina a través del proceso espiritual del tikkun.

En nuestras mentes, como espacio contraído de nuestro universo temporal, se escucha la vibración, cual eco de varios sonidos, que, partiendo de la voz del Creador, generaron, al desobedecer, ruidos, los mismos que confundimos incluso con el sonido emisor de nuestra conciencia. Por ello, como Adán y Eva, no sabemos si escuchamos la voz del Creador desde el Jardín del Edén, o si, por el contrario, nuestra inconsciencia nos sigue lanzando ruidos ensordecedores y distractores.

La conciencia divina lógicamente todavía está presente y accesible en nosotros; sin embargo, no queremos atender su voz, aduciendo que nos da temor, cuando son los ecos de nuestras transgresiones los que dominan la oscuridad de nuestras mentes. La palabra קוֹל (Kol, Voz), con un valor gemátrico de 136, sugiere una conexión directa con la expresión סולם (Sulam, Escalera), para indicarnos que tenemos la oportunidad de una reconexión espiritual, tal como el patriarca Jacob lo describió al soñar con una escalera que conecta el cielo y la tierra.

El tetragramatón que da inicio a toda esta narración divina, y que malentendemos como el nombre יְהוָּה (Yahvé), impronunciable de nuestro Creador, tiene un valor de 26, para recordarnos que su misericordia es infinita y que, por ende, aun estando de espaldas a Él, se encuentra en todas partes, incluso en esos momentos de juicio en donde nos confrontamos sobre nuestras propias decisiones.

Él nos formó y sabe de nuestras debilidades, así que como אֱלֹהִ ים (Elohim), valor de 86, esa justicia nos aporta para que podamos armonizar la multiplicidad de fuerzas que nos sofocan y que hacen que esa dualidad nos esclavice y domine. Por ende, su misericordia y justicia están presentes a través del amor, ese que se convierte en un vínculo perfecto para acercarnos entre nosotros y con Él.

Él es nuestro Árbol de la Vida, עֵץ (Etz, Árbol), por lo que esa dualidad es, a la vez, una posibilidad de discernimiento y crecimiento. El contexto de juicio ya no es un espacio para condenarnos, sino para crecer conscientemente en la coordinación de nuestra voluntad. Por ello, en vez de escondernos, Él espera que logremos, al estar de espaldas, una mayor introspección y, por ende, nuevas elecciones.

Debemos volver al jardín בַגָּן (Bagan), valor 56, para reconectarnos חָּ נָּה (Chanah, Acampar o Residir) con Él en esa morada celestial en donde Él reside, pudiendo experimentar nuevamente su voz קוֹל (Kol, Voz), que nos guía a través de su Santo Espíritu para ascender espiritualmente después de la transgresión.

Es una poderosa imagen que debemos preservar en nuestras mentes sobre lo que significa esa relación entre la humanidad y el Creador y que no cambió con nuestra caída. Por el contrario, a pesar de la transgresión, Su palabra continúa resonando en nosotros, manteniendo un hilo conductor con Él, por lo que la reacción instintiva de Adán y Eva de esconderse solo refleja que su conciencia sigue presente y accesible.

Al escuchar esa voz interna y reconectarnos con la fuente divina a través de la introspección y la corrección (Tikun), hallamos esa reconexión necesaria para nuestro crecimiento espiritual, arrepentimiento que se convierte a la vez en un medio para volver a alinearnos con lo divino, quien nos llama a regresar al camino de la rectitud, recordándonos que, aunque nos escondamos, la presencia divina está siempre cerca, esperando que demos el primer paso hacia la reconciliación.

Adán y Eva escucharon la voz del Creador recorriendo el jardín, pero no lo percibieron de la misma manera que antes. Según la interpretación cabalística, esto simboliza un cambio en la conciencia de la humanidad después del pecado del árbol del conocimiento del bien y del mal. Antes de comer del fruto, Adán y Eva tenían una conexión directa y clara con Dios, sin las distorsiones de la dualidad que trae la conciencia del bien y el mal. La escucha de la voz de Dios representa una forma directa y pura de comunicación espiritual.

Pero, tras comer del fruto, la percepción humana se ve distorsionada. Este acto introduce la "dualidad" en la conciencia, separando al ser humano de la percepción directa de lo divino. Según los cabalistas, la percepción espiritual se opacó porque Adán y Eva comenzaron a ver el mundo a través del filtro de sus propios deseos, pensamientos y ego, es decir, ahora percibían el Creador de manera diferente, ya no con una conciencia pura, sino influenciada por el conocimiento del bien y el mal.

En la Gematría, que estudia el valor numérico de las palabras, la palabra "voz" (קוֹל , "Kol") tiene un valor numérico de 56. Esto puede interpretarse como una referencia a la capacidad humana de escuchar, pero cuando esa capacidad se ve alterada por el pecado, la conexión directa con lo divino se pierde o se debilita.

Después de cometer el pecado, Adán y Eva se dan cuenta de que están desnudos y se sienten avergonzados, por lo que se esconden entre los árboles del jardín (Génesis 3:8). Esto es simbólicamente importante en la Cábala. Los árboles en este contexto pueden verse como representaciones de las esferas del Árbol de la Vida, que es un símbolo central en la Cábala. Al esconderse entre los árboles, Adán y Eva no solo intentan ocultar su desnudez física, sino también su nueva condición espiritual.

Según los cabalistas, la vergüenza que sienten proviene de haber perdido su pureza original y ahora perciben la separación entre ellos y el Creador. Antes del pecado, no conocían el concepto de "vergüenza", pero ahora, después de la transgresión, se vuelven conscientes de su propia fragilidad y limitaciones. La acción de esconderse entre los árboles simboliza este intento de escapar de su nueva conciencia de la dualidad, del ego y la separación.

En términos cabalísticos, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal representa la "dualidad" en la creación. Antes de comer del fruto, Adán y Eva eran conscientes solo de la unidad y la pureza del Creador. Sin embargo, al comer del fruto, adquirieron un conocimiento dividido, la capacidad de discernir el bien del mal, lo que trajo consigo la separación de la unidad original y la entrada del "ego".

La vergüenza que sienten al darse cuenta de su desnudez puede entenderse como el descubrimiento del ego y la separación del estado puro de conciencia. En este contexto, el hecho de esconderse simboliza la dificultad que tiene el ser humano para enfrentar la realidad de su ego y su separación de lo divino.

La palabra "esconder" (הִ סְ תַ תֵ ר, "Hista'ter") tiene un valor numérico de 616. Este número podría interpretarse como una referencia a la idea de ocultar algo que ya no es accesible de forma directa, simbolizando cómo la humanidad, después de este acto, ya no puede percibir a Dios en la misma cercanía e inmediatez.

En la Cábala, el pecado de Adán y Eva también se asocia con la pérdida de la luz espiritual. Antes de la caída, su relación con Dios era como la luz directa e ininterrumpida. Al comer del fruto, se separaron de esa luz y entraron en un estado de oscuridad espiritual, lo que se refleja en su incapacidad para reconocer la presencia divina con la misma claridad que antes.

Esta caída representa el descenso del alma desde un estado de unidad con Dios hacia un estado de fragmentación y oscuridad, que es un proceso necesario en el camino espiritual. Según la Cábala, este acto introduce la necesidad de tikkun (rectificación), un proceso en el cual la humanidad tiene que buscar y restaurar la conexión con lo divino.

En la Cábala y la Gematría, la historia de Adán y Eva se interpreta como una enseñanza profunda sobre la caída espiritual y la separación de la unidad original con Dios. El acto de ocultarse y no percibir la voz del Creador refleja la transición de la conciencia pura a la conciencia de dualidad, que es esencial para el desarrollo humano, pero también implica una ruptura con la percepción directa de lo divino. La historia de Adán y Eva simboliza la entrada del ego en el mundo humano y la necesidad de rectificación y restauración de la conexión divina a través del proceso espiritual del tikkun.

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