וְאֶל-הָּאִשָּה אָּמַר, הַרְבָּה אַרְבֶה עִצְבוֹנֵך וְהֵרוֹנֵך; בְעֶצֶב, תֵלְדִי בָּנִים, וְאֶל-אִישֵׁך, תְשׁוּקָּתֵך, וְהוּא, יִמְשָּׁל-בָּך.
Ve'el-ha'ishá amar: harbé arbe itz'vonech veheronech; be'etzév teledi banim, ve'el-ishéch teshukatéch, vehú yimshol Bach.
“A la mujer dijo: "Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus embarazos; con dolor darás a luz hijos, y tu deseo será para tu esposo, y él se enseñoreará de ti.”
Quienes releen este tipo de versículos para fomentar el machismo y otras interpretaciones sesgadas y acomodadas a sus propias búsquedas egoístas, obvian que todos somos víctimas de las consecuencias del pecado original en el Jardín del Edén, pero también que todos somos favorecidos con la misericordiosa gracia del Creador para restaurarnos, lo que significa que debemos atender el dolor como un llamado de atención para redireccionar nuestras búsquedas.
Desde esa perspectiva, cada signo lingüístico nos ofrece la posibilidad de adentrarnos mucho más en el mensaje otorgado. Por ello, no puede entenderse a la mujer, "אשה" (ishá), eje central de la reflexión, tan solo como Eva, sino como la futura humanidad que recibiría de ella ese gen, esas mitocondrias, no para sufrir, sino para comprender que la receptividad y nuestro aspecto pasivo como especie son un insumo fundamental para recomponer la relación con lo divino.
"אשה" (ishá) tiene un valor numérico de 306 (Alef = 1, Shin = 300, Hei = 5), perspectiva que nos llama a integrar lo masculino de la creación con lo femenino de lo creado. Es por ello que la expresión "וְהוּא יִמְ שָּׁ ל -בָּך" (vehú yimshol bach, "y él se enseñoreará de ti") no puede seguir usándose bajo la interpretación sesgada conveniente de cada quien.
En su metáfora, se nos proyecta más bien la lucha interna entre la naturaleza terrenal y la espiritual del ser humano, donde el "hombre" representa el lado racional que domina las pasiones, lo que significa que se nos pide no dejarnos controlar por las emociones inconscientes, que solo deben servirnos de indicadores conscientes de aquellos temas en los que necesitamos fortalecernos más.
Está claro entonces que el dolor es un llamado de atención para reorientar nuestros caminos hacia la luz y que, al multiplicarse ese llamado, se hace indispensable contar con el apoyo supremo para no convertirlo en un sufrimiento, una postura mental que ha deteriorado incluso nuestras interrelaciones históricamente.
Esta alucinación nos convirtió en quejosos e incluso débiles, sin el deseo de enfrentarnos y menos de superar todos los desafíos que se nos presentan a diario y que forman parte intrínseca de la escuela de la vida, lo que significa que tanto el dolor como el deseo constituyen insumos dentro de ese proceso de refinamiento espiritual.
El dolor no es un fin en sí mismo, sino un medio para el desarrollo y la evolución del alma. Es un llamado a despertar, a corregir y a elevarse hacia un estado de mayor conciencia y conexión con la divinidad. El enfoque cabalístico invita a interpretar el dolor como una guía hacia una vida más significativa y alineada con los principios espirituales.
Aceptar el dolor como una herramienta esencial para el crecimiento espiritual y la transformación interna evita calificarlo como un castigo arbitrario, ya que sus señales y mensajes nos indican que existe un desajuste fruto de nuestra desconexión con la voluntad divina.
El dolor, especialmente el corporal—ya que algunos de los mentales son inventados y disfrazados de sufrimientos—nos recuerda que algo en nuestro cuerpo no está funcionando bien y, por lo tanto, debemos corregir aspectos de nuestras vivencias que afectan todo nuestro ser.
Nuestra alma, al encontrarse en desarmonía con la luz divina, entiende el dolor como ese despertador que nos lleva a reflexionar sobre nuestras intenciones, deseos, emociones, expresiones, interacciones e interrelaciones, llevándonos a asumir decisiones que nos hacen reevaluar el camino de vida, alineándonos con lo sano y lo que nos genera bienestar.
Al liberarnos de tantos apegos y deseos egoístas, purificando nuestras intenciones y refinando nuestro carácter, el dolor, relacionado con la sefirá Guevurá, nos recuerda el juicio y la severidad divina para acogernos a su misericordia (Jesed), equilibrando y armonizando nuestras fuerzas internas.
Nuestro Padre Celestial es misericordioso y solo quiere nuestro bienestar, pero nos advierte de las consecuencias de nuestra desobediencia mientras nos pide, pese a que no lo escuchamos e interpretamos sesgadamente su voz a nuestro acomodo, lo que significa que seguimos multiplicando y prolongando nuestros males en vez de corregir nuestro rumbo.
Cualquier madre que da a luz da fe de lo poco que recuerda esas contracciones y dolores y sí de la suprema felicidad de saber que trajo a la luz una nueva alma que, además, se encargará de guiar por el mejor sendero como función principal, respetando con ello los acuerdos de un hogar en donde al hombre le toca luchar más contra el mal y a ella aportar todo el bien, que incluso significa su útero como recipiente de vida.
Este versículo desde una lectura superficial, parecería una justificación para una jerarquía de dominio masculino. Sin embargo, en la Cábala y la Gematría, esta frase se interpreta en niveles espirituales mucho más sutiles y no justifica desigualdad, sino que describe un estado caído de la conciencia, consecuencia del desequilibrio espiritual provocado por el pecado.
En la Cábala, los conceptos de “hombre” (ish) y “mujer” (ishá) no se limitan a género físico, sino que representan fuerzas cósmicas complementarias dentro de la Creación: el hombre (Ish) es Energía activa, principio dador – asociado con Zeir Anpin y la mujer (Ishá) Energía receptiva, principio formador – asociado con Maljut.
En el estado ideal, estas fuerzas están en equilibrio y unidad, formando un circuito de amor, intercambio, y plenitud mutua. Sin embargo, tras el pecado, ese equilibrio se rompe temporalmente, y el versículo refleja esta distorsión: “Y él se enseñoreará de ti” significa una ruptura del balance entre las fuerzas, donde la energía masculina tiende a dominar en vez de unirse a la femenina en igualdad espiritual.
Esta no es una orden divina, sino una consecuencia del desequilibrio, lo que en Cábala se llama un estado de "klipá" (cáscara o distorsión del orden espiritual). וְהוּא יִמְ שָּׁ ל בָּך (vehu yimshol bach) – “Y él se enseñoreará de ti” Valores: והוא (vehu) = 13. ימשל (yimshol = dominar/gobernar) = 580. בך (bach = sobre ti/femenino) = 22. Total: 13 + 580 + 22 = 615, número que es muy cercano a: תְ שׁוּבָּה (Teshuvá) – arrepentimiento, retorno (valores: ת=400, ש=300 ,ו=6 ,ב=2 ,ה=5 → total: 713) Pero también está cerca de עונש (Onesh) = Castigo = 420. Esto sugiere que “él se enseñoreará” es un estado espiritual negativo o correctivo, no ideal. Además: ימשל (Yimshol) = 580 → Este valor es el mismo que "Shalom" (שלום ) × 10 (58 ×10), lo que indica que cuando el dominio es transmutado en armonía, se puede restaurar la paz verdadera.
El dominio como reflejo del ego: Según la Cábala, tras el pecado, el deseo de recibir para sí mismo (el ego) se intensifica. El hombre, como símbolo de la energía activa, cae en la tentación de controlar en lugar de proteger y elevar. Es el mal uso de la fuerza masculina espiritual (Zeir Anpin sin Da'at). Cuando “él se enseñorea”, no lo hace desde el amor, sino desde el desequilibrio de las fuerzas. Y esa no es la intención original de la creación. En el nivel más elevado, el hombre y la mujer están unidos en equivalencia de forma espiritual, como se refleja en Adam Kadmon (el Hombre Primordial), donde lo masculino y femenino están entretejidos y armónicos.
La frase “él se enseñoreará de ti” es vista en la Cábala como una distorsión que debe corregirse. El Tikkun consiste en: Elevar lo femenino (Maljut) a su lugar original: como receptora activa, no pasiva ni dominada. Corregir lo masculino (Zeir Anpin): debe proteger, nutrir y elevar, no dominar. Restaurar el circuito de energía equilibrada entre dar y recibir. En otras palabras: la redención espiritual del mundo incluye también la restauración del equilibrio entre lo masculino y lo femenino — tanto a nivel individual (dentro de cada alma) como colectivo (en la sociedad).
La Cábala contemporánea enseña que el equilibrio entre energías es la clave para cualquier evolución espiritual. Las relaciones basadas en dominación (de un género, ego o energía sobre otra) son reflejo de un mundo sin corregir. La Era Mesiánica (según el Zóhar) será una en que Maljut asciende y se une con Zeir Anpin, es decir: lo femenino recupera su lugar pleno, y el amor reemplaza al dominio.