GÉNESIS · III · 2

Génesis 3:2

La visión del engaño

III · 2

וַתֵרֶא הָּאִשָּה כִי טוֹב הָּעֵץ לְמַאֲכָּל וְכִי תַאֲוָּה הוּא לָּעֵינַיִם וְנֶחְמָּד הָּעֵץ לְהַשְכִיל וַתִקַח מִפִרְיוֹוַתֹּאכַל וַתִתֵן גַם לְאִישָּׁה עִמָּה וַיֹּאכַל׃

Va'tere ha'isha ki tov ha'etz lema'achal ve'ki tava hu le'einayim ve'nechmad ha'etz lehaskil, va'tikach mipiryo va'tochal, va'titen gam le'ishah ima va'yochal.

“Y la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y un árbol deseable para adquirir sabiduría; tomó de su fruto y comió, y también dio a su marido con ella, y él comió.”

Reflexión

La narración Bíblica nos habla que en el Jardín del Edén había dos árboles centrales, el Árbol de la Vida (Etz HaJaim / עץ החיים), que representa la unidad divina, la sabiduría espiritual directa, la vida eterna, y la conciencia que no está fragmentada en dualidades, para nosotros los creyentes nuestro Salvador y redentor Jesucristo.

Y que desde la cábala en las sefirot, ese Árbol representa Tiféret (armonía) y la sabiduría superior (Jojmá) su máxima expresión, pero por otro lado se nos habla del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal (Etz HaDaat Tov veRa / עץ הדעת טוב ורע ), que representa la conciencia dual, la mezcla entre luz y oscuridad, la confusión entre lo sagrado y lo impuro y se asocia con la sefirá Daat, que une intelectualmente Jojmá y Biná, pero cuando no está rectificada, crea separación y juicio.

Entendiendo esto es más fácil de asimilar que la Astucia (עָּרוּם) de la serpiente y el Árbol del Conocimiento, están estrechamente concatenados, ya que: עָּרוּם (arum), astuto, aparece justo antes de la transgresión del fruto del conocimiento. Curiosamente, esta palabra tiene la misma raíz que עֵרוֹם (erom), desnudo, usada para describir al hombre y la mujer justo antes del pecado.

Lo que nos reitera que la astucia y el conocimiento van juntos. La serpiente (representación del ego, del deseo separado) utiliza el conocimiento como herramienta para seducir, la astucia no es sabiduría divina: es intelecto desconectado de la luz espiritual, que sirve al interés propio.

עץ הדעת (Árbol del Conocimiento): עץ (árbol) = 160, הדעת (del conocimiento) = 479, Total: 639. עץ החיים (Árbol de la Vida), עץ (árbol) = 160, החיים (de la vida) = 98, Total: 258. Observa que el Árbol del Conocimiento tiene un valor más elevado, pero está "inflado" por dualidad (bien + mal). Es más complejo, pero más confuso.

La guematría de נחש (serpiente) = 358, es la misma que משיח (Mesías) = 358, esto implica que el poder de caída y de redención están en el mismo punto. La clave es cómo se usa ese conocimiento. Y es que asi como por un hombre entro el pecado al mundo, por uno, nuestro Salvador nos sobrevendrá la gracia.

La aparente oposición entre los árboles por ende es no absoluta. Simplemente son dos vías distintas de adquirir conciencia, el Árbol de la Vida es una vía directa y luminosa, acceso al conocimiento puro sin mezcla. El Árbol del Conocimiento es la vía indirecta y experiencial, que implica caída, discernimiento, y retorno. El alma se "mancha" pero puede rectificar.

Después del pecado, el conocimiento se volvió una mezcla peligrosa de verdad y falsedad, por eso Dios expulsa al hombre, no como castigo, sino por misericordia: “...no sea que extienda su mano, tome también del árbol de la vida, y viva para siempre...” Génesis 3:22, lo que nos explica que si el ser humano accede al árbol de la vida en un estado de confusión dual (después del pecado), perpetuaría una existencia eterna en error, se quedaría esclavo de un mundo donde bien y mal son indistinguibles para siempre. Sería una forma de inmortalidad corrupta.

A partir de ese momento somos el producto de nuestras decisiones, aunque no midamos los efectos de las mismas. Además, con estas elecciones afectamos no solo nuestras experiencias sino también las de aquellos con los cuales coexistimos.

Por lo tanto, el concepto de apreciar "וַתֵ רֶ א" (Va'tere - "Y vio") está directamente relacionado con el de entender "רָּ אָּה" ("ver"), que está relacionado con la percepción y el entendimiento, ya que, aunque se supone que vemos con los ojos, realmente estamos capturando el reflejo de la luz exterior que, procesada por nuestro sistema óptico y luego por nuestros lóbulos cerebrales, proyecta en nuestra conciencia una imagen, la cual, a través de nuestras denominaciones, nos reproduce una identidad que da sentido o no a nuestras realidades y, por lo tanto, un reconocimiento a dicha vivencia.

Como ya hemos venido comprendiendo, las palabras tienen no solo distintas interpretaciones, sino a la vez traducciones sesgadas acordes con quien está recibiendo dicha información y adaptándola a sus propios conocimientos. Esto implica que entender a Eva como esa "הָּ אִ שָּ ה" (Ha'isha - "La mujer"), que nos representa a todos como humanidad por su esencia femenina, la cual espiritualmente está relacionada con conceptos como la receptividad, nuestras intenciones, nuestra intuición y, por ende, el uso de esas herramientas para obtener o no una conexión directa con nuestra esencia, explica desde otras perspectivas que, aunque es Eva quien inicia el proceso que lleva al conocimiento del bien y del mal, este se encontraba dentro del plan divino para que pudiéramos aprender a coordinar mejor nuestros conocimientos y, por ende, nuestro libre albedrío.

El concepto de Árbol en este caso, con frutos que nos generan deseos, "כִי טוֹב הָּ עֵץ לְ מַ אֲכָּל " (Ki tov ha'etz lema'achal - "que el árbol era bueno para comer"), nos traslada desde nuestra dimensión simbólica e imaginaria al Árbol de la Vida (עץ החיים ), nuestro Señor Jesucristo, estructura espiritual del universo y sabiduría. Esto significa que la percepción de Eva de que el árbol era "bueno para comer" denota esa atracción natural hacia el conocimiento, sin embargo, en este caso, obviando que estaba prohibido y que, por lo tanto, debía abstenerse, cumpliendo la voluntad del Padre por encima del deseo primario que hoy nos llama a trascender, respetando los límites impuestos por el Creador.

Desde la gematría, el valor de la palabra "הָּ עֵץ" (Ha'etz - "El árbol"), 165, nos llama a retroalimentarnos de los frutos que nos otorguen esa sabiduría divina y no conocimientos mundanos y egoístas que, aunque motivan nuestras percepciones y deseos, no son útiles ni buenos para nuestras vidas. Por lo tanto, comprender la naturaleza de nuestros conocimientos y cómo estos generan unas consecuencias, así sean de frutos que inicialmente consideramos placenteros, sigue siendo una de nuestras tareas diarias.

Son nuestras decisiones y sus efectos, aunque inconscientemente no los midamos, las que determinan nuestro grado de cercanía o lejanía con el Creador y su obra. Y, aunque como Eva seguimos dejándonos guiar por deseos prohibidos, lo cierto es que no podemos confundir los frutos "buenos" con los "deseables" y menos dejarnos guiar por impulsos emocionales que van en contra de los mandatos divinos, ya que no solo estamos transgrediendo a Él, sino cayendo en los efectos y consecuencias de dichas elecciones equivocadas.

Aprender a discernir entre los deseos egoístas y las verdaderas necesidades espirituales tiene que ver con dejarnos guiar por la única sabiduría, la divina, y no por los conocimientos humanos que, en buena parte de los casos, desinforman, desorientan, confunden y nos distraen de la coherencia que nos vislumbran los preceptos divinos.

Cada intención que toca nuestro ser inconsciente, al igual que a Eva, tiene un impacto profundo tanto en nuestro entorno como en nuestra alma, debiendo alinear nuestros deseos y decisiones con los propósitos del Creador y no con los nuestros. Este autoconocimiento nos posibilita crecer en nuestra relación con el Creador y con nosotros mismos.

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