Mi porción diaria · פרשה

Estudio Verso a Verso

Sección II

Nuestra realidad es producto de Su narración

61 párrafos · 22 min de lectura

La creación de todo lo que existe fue obra de nuestro Creador a través de Su Palabra, un proceso profundamente simbólico y espiritual, que no solo se refiere a una especie de medio de comunicación con Él, sino también como un transformador para poder recibir apartes de su energía esa que, fruto de esas vibraciones, genera un flujo lumínico que, por su contundencia y fortaleza, produce lo creado, obra que es moldeada por su voluntad.

Lo que significa que nuestra realidad se construye con Su palabra y con la interpretación que de ella tomamos nosotros y que le damos a la vez a las nuestras. Capacidad de crear y recrearnos gracias a Su Voz, por lo tanto, debemos asumir que es gracias al movimiento de dichos signos lingüísticos recreados como expresiones divinas que nosotros traducimos en humanas que construimos una realidad, la cual contiene apartes de esa energía luminosa, la misma que lo mueve todo, siendo esencial para nuestras existencias que usemos esta herramienta lingüística de tal forma que fluyamos con su armonía.

Al recrearnos en Su obra a partir de los signos lingüísticos, estos nos proyectan Su voluntad, pero nos permiten crear a partir de la nuestra, lo cual no desdice de sus manifestaciones sino que estas se articulan y transfieren al mundo material para que, dentro de esa fusión con nuestra sesgada realidad, se posibiliten espacios que hacen parte del universo contraído de Su ser, en donde nuestros fragmentos lumínicos o almas, deambulan libremente forjando así nuestras capacidades para sumarnos a lo creado.

El verso se hizo carne: Él se humano a través de esa Palabra, logrando que Su Espíritu Santo como fuente de vida irradie esta energía lumínica permitiendo nuestra coexistencia como seres humanos, siendo indispensable para nosotros el comprender la necesidad de alinearnos poco a poco a esa realidad divina, lo que no significa que el lenguaje humano terrenal esté acorde al suyo, sino que el nuestro, producto de nuestra separación, es finito y limitado, lo que a la vez implica que solo a menudo podamos captar fragmentos de la infinita realidad divina.

Quizá por ello nuestras sesgadas traducciones sobre lo que Él es o significa son tan lejanas, ya que nuestro propio lenguaje no vibra ni a su ritmo ni con esa energía, lo que hace que el nuestro requiera de ese transformador que es el Espíritu Santo para que, medianamente, podamos entenderle e intentar reconectarnos con Él.

Al entender el "vacío" o "contracción" como principio fundamental de la creación, Tzimtzum (צמצום), podemos visionar en ese espacio nuestra propia existencia, siendo necesario para ello atender sus emanaciones, sefirot, pero sobre todo el cómo nuestras palabras tienen un poder espiritual inherente.

Tengamos en cuenta que el concepto de Tzimtzum nos dice que, antes de la creación del mundo, existía solo la luz infinita y absoluta de Dios, conocida como Ein Sof (אין סוף , "sin fin"). Para crear el mundo y permitir que existiera la creación material y las criaturas, Dios tuvo que hacer una contracción o "vacío" en esa luz infinita. Este vacío es necesario porque, en su totalidad, la luz infinita de Dios es imposible de percibir para las criaturas finitas.

Y que este vacío no es un vacío en el sentido físico (como el vacío en el espacio), sino más bien un espacio metafísico o espiritual donde la luz de Dios está contenida y dirigida a través de las distintas emanaciones que permiten la creación. Este espacio es necesario para que las criaturas tengan la libertad de existir, moverse y desarrollarse por sí mismas.

Una vez creado el vacío a través del Tzimtzum, la palabra de Dios se convierte en el medio a través del cual este vacío es llenado. La palabra de Dios tiene un poder creativo y ordenante: al ser pronunciada, la palabra divina trae la luz y la estructura necesarias para la creación, dándole vida a lo que parece estar vacío o inerte.

En el contexto de la Cábala, la palabra de Dios es la voz de la creación. Las palabras de Dios no son simplemente sonidos o expresiones lingüísticas, sino que son fuerzas espirituales que forman y transforman la realidad. Según el Zohar (el texto fundamental de la Cábala), la palabra de Dios es lo que crea y sostiene el universo. Es a través de la "voz" de Dios que se manifiestan las sefirot y las fuerzas cósmicas que estructuran y mantienen el mundo en equilibrio.

Cuando se dice que la palabra de Dios "llena el vacío", se refiere a que la palabra, al ser pronunciada desde el Ein Sof (la luz infinita), permite que la creación se manifieste desde ese vacío y lo haga pleno. La luz divina, contenida en esa palabra, sustituye el vacío y le da forma y propósito a la creación.

En términos cabalísticos, la luz divina (Or Ein Sof) que emana de las sefirot es un flujo constante que fluye de manera ordenada y estructurada, llenando el espacio creado por la contracción del Tzimtzum. Esta luz no es la luz física que vemos en el mundo material, sino una luz espiritual que tiene el poder de llenar el vacío y traer armonía y equilibrio al mundo. Así, la palabra de Dios es el canal a través del cual esta luz se manifiesta y llena el vacío de la creación.

La palabra "Palabra" (דבר), D'var, tiene un valor numérico de 206: ד (Dalet) = 4, ב (Bet) = 2, ר (Resh) = 200, el cual es significativo, porque es el valor de la palabra רוח (Ruaj), que significa "espíritu". En este contexto, la palabra de Dios es vista como el medio a través del cual el espíritu divino se manifiesta y llena el vacío. La palabra es el canal para la "ruaj" o aliento divino que infunde vida en la creación.

La palabra hebrea para luz es אור (Or), cuyo valor numérico es: א (Aleph) = 1, ו (Vav) = 6, ר (Resh) = 200, tiene un valor total de 207, que en particular, nos dice que la luz divina es la que llena el vacío creado por el Tzimtzum, trayendo orden, claridad y estructura al caos original. Así, la luz es la primera emanación divina, la cual es vertida en el mundo material a través de la palabra de Dios, y es lo que permite que el vacío sea llenado de manera ordenada y significativa.

La palabra ריק (Reik) en hebreo significa vacío y su valor numérico es: ר (Resh) = 200, י (Yod) = 10, ק (Kuf) = 100, el total es 310. El valor de la palabra מלא (Mala), que significa "lleno", es también 310: מ (Mem) = 40, ל (Lamed) = 30, א (Aleph) = 1. Este paralelismo en los valores numéricos de "vacío" y "lleno" es significativo, ya que refleja que el vacío y el llenado son interdependientes en el proceso de creación. El vacío (Tzimtzum) se llena con la luz divina que emana de la palabra de Dios, y la palabra tiene el poder de transformar el vacío en un espacio lleno de vida y propósito.

La idea central es que, según la Cábala, el vacío (Tzimtzum) es solo un espacio temporal que existe para permitir la creación del mundo. A través de la palabra divina, ese vacío se llena de la luz divina, el Or Ein Sof. La palabra de Dios tiene el poder de transformar el vacío en algo pleno y lleno de vida, orden y estructura. Al igual que un recipiente vacío puede ser llenado con agua, el espacio creado por la contracción divina se llena con la luz de Dios, que se manifiesta a través de las palabras sagradas y las emanaciones de las sefirot.

Desde una perspectiva cabalística, la palabra es un instrumento de creación y transformación espiritual. Al comprender el poder de la palabra de Dios y su capacidad para llenar el vacío, podemos entender cómo las palabras que pronunciamos en nuestras propias vidas también tienen el poder de crear, transformar y llenar nuestro propio vacío espiritual. Al alinearnos con la sabiduría divina y usar nuestras palabras de manera consciente y positiva, podemos invocar la luz divina que llena nuestros vacíos internos, trayendo plenitud, armonía y propósito a nuestras vidas.

El vacío y la contracción no son algo negativo, sino que son parte del proceso divino que permite que el mundo y nosotros como seres espirituales evolucionemos y crezcamos. La palabra divina es la fuerza cósmica que llena ese vacío, y al conectarnos con ella, podemos experimentar una transformación profunda que nos acerca más a nuestra esencia divina.

Es por ello que nuestro lenguaje solo logra entender unos pequeños destellos que nos ofrecen esos fragmentos entendidos como signos o símbolos lingüísticos que, como chispas de luz, encienden nuestras mentes, cual señales que nos reorientan y reiteran la necesidad de acercarnos a Él, pero desafortunadamente, mientras nuestras percepciones sigan enfocadas en lo exterior, en sus luces artificiales y nuestras expectativas mercantiles, no solo seguiremos espiritualmente ciegos, de espaldas y sordos, sino que nuestros conceptos al respecto desinforman sobre su sabiduría.

Esto no descalifica nuestro lenguaje, pero sí nos invita a cualificarnos con Su Palabra, asumiendo la importancia de reconocernos a través de ella para acogernos a Su voluntad, perspectiva que nos invita, como creyentes, a transformar nuestras propias expresiones y a reenfocar nuestra voluntad hacia Él, reconociendo que la realidad que vivimos está profundamente influenciada por la manera en que usamos nuestro lenguaje, que debe alinearse con la Palabra divina.

Nuestro propio cuerpo como templo en donde nuestra alma se encuentra con Su espíritu, a través de partes como nuestro diafragma clama porque le alabemos, exaltemos y, a través de nuestro lenguaje, nos integremos a Su Palabra; sin embargo, nuestras distorsiones y confusiones son tantas que seguimos distanciándonos de esos 22 signos lingüísticos originales hebreos que, con sus mensajes, nos piden comunicarnos con Él.

Entender las 22 letras del alfabeto hebreo y su simbolismo es por ello trascendente: Alef (א) - Valor: 1. Representa el comienzo, la unidad y la conexión entre lo divino y lo terrenal. Bet (ב) - Valor: 2. Simboliza la dualidad, el mundo físico y la creación. Guimel (ג ) - Valor: 3. Denota benevolencia y recompensa. Dálet (ד ) - Valor: 4. Relacionado con la pobreza, la humildad y las puertas (apertura y posibilidad). Hei (ה) - Valor: 5. Representa la revelación divina, el aliento de vida. Vav (ו ) - Valor: 6. Símbolo de conexión y unión. Zayin (ז) - Valor: 7. Representa el conflicto y la lucha, así como el descanso sabático. Jet (ח) - Valor: 8. Asociado con la vida, la gracia divina. Tet (ט) - Valor: 9. Simboliza la bondad oculta. Yod (י) - Valor: 10. Significa la chispa divina, el origen de todas las cosas. Kaf (כ ) - Valor: 20. Representa la corona, el poder. Lámed (ל ) - Valor: 30. Simboliza el aprendizaje y la enseñanza. Mem (מ) - Valor: 40. Relacionado con el agua, la sabiduría y las fuentes de conocimiento. Nun (נ) - Valor: 50. Representa la fe, la caída y el renacimiento. Samej (ס) - Valor: 60. Denota el apoyo y la protección divina. Ayin (ע) - Valor: 70. Asociado con los ojos, la percepción y la visión espiritual. Pe (פ) - Valor: 80. Simboliza la boca, la palabra y la expresión. Tsadi (צ ) - Valor: 90. Representa la justicia y la rectitud. Qof (ק) - Valor: 100. Relacionado con la santidad y el ciclo de la vida. Resh (ר ) - Valor: 200. Simboliza la cabeza, el liderazgo y el mal o la pobreza cuando está desconectado del espíritu. Shin (ש ) - Valor: 300. Asociado con el fuego, la transformación y los tres pilares de la creación. Tav (ת) - Valor: 400. Representa la verdad, la señal y el cumplimiento del propósito.

Estos signos lingüísticos, como símbolos para nuestra orientación nos proyectan una realidad imaginaria, que es el camino que nos permite reencontrarnos con Él, gracias siempre a esas chispas de luz de Su palabra la cual nos ofrece a través de sus conexiones místicas esas variables o caminos a seguir en donde son nuestras palabras con sus conceptos y conocimientos, las que nos van posibilitando el reconocernos como sus hijos.

Nuestra realidad es producto de una narración que nos reprograma desde antes de nuestra llegada material a este mundo. Esto significa que las palabras que nos enseñan nuestros padres son las que nos llevan a construir una realidad exterior que parte de esos sonidos que se convierten en imágenes en nuestros lóbulos cerebrales gracias a la luz que entra en nuestro ser. Con estos conceptos y la identificación lingüística que nos proporcionan, reproducimos conocimientos que sustentan nuestra realidad, aunque esta se desarrolle realmente en el interior de nuestras alucinantes mentes egoístas.

La idea de que toda la realidad es una construcción lingüística y una narración divina tiene profundas implicaciones tanto en la Cábala como en la Gematría. Ambas disciplinas nos ofrecen perspectivas místicas y filosóficas que nos ayudan a comprender cómo la palabra y el lenguaje no solo son herramientas de comunicación, sino que son fundamentales para dar forma a la realidad misma.

En la Cábala, se considera que las palabras no son simples expresiones de pensamientos o emociones, sino que tienen un poder creativo profundo. Según la enseñanza cabalística, Dios creó el mundo a través de la palabra, específicamente a través de las letras hebreas que componen la Torá. Esta idea se basa en la noción de que la Torá es la narrativa primordial que organiza toda la realidad.

Cada letra hebrea tiene un valor numérico (gematría) y una cualidad energética que se refleja en la creación del mundo. Según la Cábala, el universo es un reflejo de las letras y las palabras divinas, y nuestras mentes, al usar el lenguaje, participamos en el proceso de dar forma a la realidad a través de nuestras percepciones y pensamientos.

Esta idea se vincula a la famosa enseñanza cabalística de que "el mundo es una palabra divina". Esto sugiere que la realidad misma, en su esencia, está tejida de narrativas, de palabras y de conceptos que nos conectan con lo divino.

Según la Cábala, el Ein Sof, la infinita luz divina, se proyecta hacia el mundo a través de la Señal de la Creación, que incluye los nombres divinos y las palabras sagradas. La realidad que experimentamos es, por lo tanto, una proyección de lo divino, y el lenguaje es la forma en que esta proyección se manifiesta.

En este sentido, el lenguaje no solo describe el mundo, sino que lo crea. Cada palabra tiene una realidad energética que forma una narrativa sobre el mundo. Al estudiar las letras sagradas y sus significados, los cabalistas buscan comprender los secretos de la creación, desentrañar las capas ocultas de la realidad y acercarse a la verdad divina.

Una enseñanza central de la Cábala es que nuestras mentes suelen estar atrapadas en la ilusión del ego. El ego, que se manifiesta como el yo individualista, tiende a ver la realidad como un objeto separado de nosotros, algo que está fuera de nosotros, lo que nos lleva a la ilusión de separación.

Para acercarse a la verdad de la realidad divina, debemos desidentificarnos con el ego y darnos cuenta de que no somos los creadores de la realidad, sino que somos parte de un todo divino. La meditación, el estudio de los textos sagrados, y la contemplación de las letras y palabras divinas son herramientas para acercarnos a la verdad y alejarnos de las ilusiones que el ego crea.

Al alejarnos del ego, podemos conectar con la unidad subyacente del universo, que es divina y trascendente. Esta desconexión del ego permite una percepción más profunda y directa de la realidad, como una manifestación de lo divino.

La Gematría es el sistema de valores numéricos asociados a las letras del alfabeto hebreo, y su estudio revela que las palabras tienen significados más allá de lo que aparece superficialmente. Los cabalistas consideran que, a través de la gematría, podemos descifrar las claves secretas del universo.

Por ejemplo, palabras que comparten el mismo valor numérico en gematría están conectadas energéticamente. Esta idea refleja el concepto de que las palabras no solo son expresiones del lenguaje, sino que son puentes hacia la comprensión profunda de la creación y la estructura espiritual del universo.

La gematría no solo permite estudiar las palabras en el sentido literal, sino también el profundo significado que se esconde detrás de ellas, revelando la armonía y coherencia divina que subyace a toda la realidad. A través de este conocimiento, podemos empezar a ver más allá de la superficie de la realidad y descubrir su verdadera naturaleza.

En la Gematría, como en la Cábala, se enseña que el ego nos aleja de la verdadera comprensión de la realidad. El ego ve el mundo como algo separado y fragmentado, mientras que, en realidad, todo está interconectado y unido.

La gematría nos invita a entender que los significados profundos de las palabras y su interrelación revelan que todo en la creación tiene un propósito divino y que no existe separación real entre lo material y lo espiritual.

Alejarse de las ilusiones egocéntricas implica reconocer que todo es uno, que las distinciones que hacemos entre nosotros mismos y el resto del mundo son ilusorias. Al adentrarnos en el estudio de la gematría, podemos empezar a ver las conexiones ocultas entre todas las cosas y alejarnos del egoísmo que nos separa del todo divino.

En la Cábala, se enseña que el Nombre de Dios tiene una conexión profunda con la creación. Meditar sobre los nombres divinos y sus significados espirituales puede ayudarnos a disolver las ilusiones egocéntricas y acercarnos a la verdad divina.

El estudio de la Torá, especialmente a través de la lupa cabalística, y el trabajo con la gematría, son herramientas clave para acercarnos a la realidad como una manifestación de lo divino. Estos estudios nos enseñan a ver la realidad de manera más profunda, entendiendo que lo que percibimos externamente es solo una proyección de la sabiduría divina.

La humildad es fundamental para alejarse de las ilusiones egocéntricas. El ego es una ilusión que se alimenta de la separación y el deseo de control. Al practicar el desapego y la humildad, comenzamos a disolver el ego y a reconectar con el todo divino.

Entender que toda la realidad es una expresión de lo divino y que estamos todos conectados en una unidad cósmica es el primer paso para alejarnos de las ilusiones del ego. Practicar una vida de conciencia, donde nos vemos a nosotros mismos como parte integral de un todo divino, nos permite experimentar la realidad como es en su verdadera naturaleza: unificada y sagrada.

Tanto la Cábala como la Gematría nos enseñan que la realidad es una construcción lingüística y que el lenguaje tiene un poder creativo que da forma a nuestro mundo. Alejarnos de las ilusiones egocéntricas requiere desapego del ego y un regreso a la unidad divina. El estudio profundo de las palabras sagradas, los nombres divinos, y el lenguaje espiritual nos ayuda a ver más allá de la realidad material y descubrir la verdadera esencia de lo que es la creación divina.

Es por ello que debemos comprender que lo que reconocemos como realidad depende de dicha narración la cual a su vez nos ofrece varias capas, dimensiones o posibilidades, realidades que se describen a través de estas múltiples posibilidades que nos ofrece nuestra existencia, niveles que están relacionados con diferentes aspectos de lo divino y lo material.

Estas capas forman una estructura que explica cómo lo divino se manifiesta y cómo interactúan el mundo espiritual y el mundo físico. Estas capas son descritas principalmente a través de conceptos como las sefirot (las emanaciones divinas), el Árbol de la Vida, y los mundo espirituales.

La Cábala describe la realidad en términos de cuatro mundos o niveles de existencia, cada uno de los cuales representa una etapa diferente en el proceso de creación, desde la pureza y la luz divina hasta la manifestación en el mundo material. Estos cuatro mundos son:

Atzilut (אצילות) – El Mundo de la Emanación. Atzilut es el más alto y divino de los cuatro mundos, y es conocido como el mundo de la emanación. En este nivel, la luz infinita de Dios (Ein Sof) aún no ha sido contraída o limitada. La luz divina fluye directamente, sin intermediarios, en una emanación pura.

En este mundo no existe separación; todo está completamente unido con lo divino. La conciencia divina prevalece, y es el nivel en el que las sefirot (las emanaciones divinas) comienzan a tomar forma, pero todavía de manera completamente pura y no fragmentada.

Beriyah (בריאה) – El Mundo de la Creación. Beriyah es el mundo de la creación. Aquí, la luz divina comienza a ser más contenida y se empieza a estructurar en formas espirituales más definidas. Este es el mundo de las ideas y arquetipos, el lugar donde las formas espirituales y las leyes divinas toman estructura.

Este mundo está asociado con el concepto de la mente o inteligencia divina, y está relacionado con el Ángel Metatrón, considerado el "Ángel más cercano a Dios" en la tradición cabalística.

Yetzirah (יצירה ) – El Mundo de la Formación. Yetzirah es el mundo de la formación. Aquí las ideas y las formas creadas en Beriyah comienzan a tomar formas más concretas y a interactuar entre sí. Este es el mundo de las emociones y los sentimientos, donde las fuerzas espirituales empiezan a tomar forma y donde el mundo de los ángeles y las fuerzas espirituales se activa de manera significativa.

Yetzirah es también el mundo en el que se manifiestan las cualidades de las sefirot emocionales (como Jesed o Geburá), y la dimensión emocional de las almas y las criaturas comienza a definirse. Los seres espirituales de este mundo son los ángeles que gobiernan las fuerzas emocionales y creativas del universo.

Asiyah (עשיה) – El Mundo de la Acción. Asiyah es el mundo de la acción y es el nivel de la realidad material. Aquí es donde la luz divina se manifiesta en el mundo físico, y es el lugar de la materia, la acción y la forma física.

En este mundo, la creación ya está completamente diferenciada y estructurada en un plano físico. Es el mundo que percibimos con nuestros sentidos y el nivel donde se encuentran los seres humanos y las realidades físicas. En Asiyah, las energías divinas se materializan en formas físicas que interactúan en el espacio-tiempo.

Para entender ello debemos a la vez comprender las sefirot, que son las diez emanaciones o atributos divinos que actúan como canales a través de los cuales la luz de Ein Sof (la luz infinita de Dios) fluye a lo largo de los cuatro mundos. Estas sefirot representan las energías divinas que estructuran tanto la realidad espiritual como la material. Y que se organizan en tres grupos: Keter (Corona): Representa la voluntad divina y la conciencia superior, el comienzo de la creación. Jojmá (Sabiduría) y Biná (Entendimiento): Son los aspectos de la mente divina y representan las fuerzas intelectuales de Dios, las bases del pensamiento y la creación conceptual. Jesed (Misericordia), Geburá (Justicia), Tiféret (Belleza), Netzaj (Victoria), Hod (Gloria): Son las sefirot que representan las emociones y los atributos humanos, pero en su forma más pura y espiritual. Yesod (Fundamento): Se asocia con la conexión y la transmisión de las energías divinas a la manifestación en el mundo físico. Malkut (Reino): Representa el mundo físico y la manifestación final de las energías divinas en la realidad material.

Cada palabra en hebreo tiene una raíz numérica, y al analizar las palabras relacionadas con la creación, la Gematría permite ver cómo las palabras de Dios pueden estructurar y llenar el vacío en los mundos espirituales. Por ejemplo, la palabra "Creación" (בריאה) tiene un valor numérico de 222, que se relaciona con la idea de la estructura divina que da forma a la realidad.

Cada letra hebrea está asociada con una sefirah y con una energía divina que atraviesa los diferentes mundos. Por ejemplo: Aleph (א ), la primera letra, se asocia con Keter (la Corona, el principio divino). Bet (ב ), la segunda letra, se vincula con Biná (el entendimiento, la estructura de la creación). Yod (י ), la décima letra, representa el Yesod, el fundamento que conecta lo divino con lo físico.

La gematría del Tetragramatón (הויה), el nombre sagrado de Dios en la Cábala, es una de las palabras más poderosas en la Gematría. Su valor numérico es 26 (י =10 ,ה =5 ,ו =6 ,ה =5). Este número se asocia con el concepto de la unidad de Dios que permea toda la creación y da forma a las capas de la realidad. Además, el valor de 26 también se asocia con la idea de que todas las realidades están sostenidas por la luz divina que fluye a través de las sefirot y se manifiesta en los cuatro mundos.

En la Cábala, el alma humana también pasa por un viaje a través de estos mundos. El alma comienza su existencia en un nivel divino y puro (en Atzilut) y, al bajar a este mundo físico (Asiyah), atraviesa todos los mundos intermedios, mientras se enfrenta a pruebas y desafíos. La purificación y elevación del alma implica retornar a través de estos mundos, ascendiendo nuevamente hacia lo divino.

Las capas de la realidad en la Cábala nos enseñan que lo visible y lo invisible están profundamente interconectados. La realidad no es simplemente lo que vemos, sino que cada aspecto del mundo físico tiene una contraparte espiritual que guía su existencia. A través de la comprensión de los cuatro mundos y las sefirot, podemos comprender mejor cómo la luz divina se despliega en la creación, y cómo nuestra conciencia puede evolucionar para alinearse con las fuerzas divinas que rigen el universo.